lunes 27 de febrero de 2012

Sexo en el colegio

Lo que me da rabia es que nunca tuve sexo en el colegio. Porque yo al colegio no iba a aprender, que la educación está sobrevalorada, sino a pasarla bien.

Y digo que está sobrevalorada porque once años de colegio son una exageración. El conocimiento es útil, pero no compensa la falta de talento. ¿Ha oído esa frase que dice que el genio es 10% inspiración y 90% transpiración? Es cierta. Hay que trabajar mucho, pero todo el trabajo del mundo es inútil sin ese 10% de habilidad.

Usted puede memorizarse la Enciclopedia Británica en una tarde, que si es un tarado, es un tarado. Podrá juzgar los libros de Borges y los cuadros de Dalí, pero nunca podrá ser el autor de ellos. Yo no creo en el colegio desde que supe que Andrés Cepeda formó Poligamia en el suyo.

Yo crecí sacando 2 en disciplina y 1 en aritmética. A los once años andaba a pie cuando se me daba la gana, cogía bus solo y si llegaba a la casa con más materias perdidas que ganadas me pegaban. El resultado es que tengo serios problemas estructurales, estoy lleno de taras y miedos que nunca me van a abandonar, pero soy una persona feliz.

A los niños de hoy, en cambio, los vuelven imbéciles con otros métodos, no saben ni limpiarse el culo solos y ya están obligados a ser alguien. Los bombardean desde temprano con Pequeño Mozart y Pequeño Einstein, luego les dan iPads y en el colegio los califican con palabras de bondad “para que no se acomplejen”. Excelente, sobresaliente, distinguido, bueno, suficiente y deficiente.

En nuestro sistema educativo ya no hay estudiantes vagos, sino deficientes, todos los demás están salvados. Personitas mediocres son las que estamos formando. Uno ve las caritas tiernas de esos niños y sabe que está en presencia de los hijos de puta que dentro de treinta años estarán manejando a Colombia.

Esos mismos niños son los que terminan estudiando dos carreras universitarias, como si eso los hiciera superiores, como si una no fuera suficiente. Y esa es también la misma gente que pese a haber pasado por dos facultades termina a los 50 años preguntando a la gente que conoce de qué colegio salió, como si a esa altura de la vida importara.

Yo nunca tuve sexo en el colegio, decía, y me alegra porque estudié en un colegio de hombres. Ahora es mixto y me da rabia. Lo que yo hubiera culeado de haber compartido mi clase con mujeres, la cantidad de embarazos no deseados que hubiera provocado, lo bien que hubiera pasado los recreos entre partidos de fútbol y sexo en el baño con adolescentes como yo.

Superado el colegio, ahora quiero ser profesor de la universidad en la que estudié, pero no para enseñar, que no hay nada que yo pueda enseñar, sino para comerme a las alumnas más bonitas. Lo dicho, nuestro sistema educativo es una porquería.

Publicada en la edición de febrero de la revista SoHo. www.soho.com.co 

jueves 23 de febrero de 2012

Morir por la tecnología

El titular de la noticia da miedo: “Su iPhone fue fabricado por niños de 13 años trabajando en jornadas de 16 horas”. Asusta porque 16 horas laborales desmotivan al que sea, pero también porque a los 13 años nadie debería estar trabajando (de hecho usted, que tiene 40 y sostiene a una familia, rara vez trabaja más de ocho). El enunciado aterra y resume además una clara denuncia contra Apple, empresa que mucha gente quiere más que a su propia madre.

La noticia no es nueva, salió hace meses en el New York Times y fue reproducida por varios medios en todo el mundo, pero uno se entera de las cosas cuando tiene que enterarse. El encabezado no da lugar para equívocos: mi iPhone fue fabricado por niños de 13 años trabajando en jornadas de 16 horas. Asusta hasta a aquel que no tiene iPhone. De hecho yo, que uso un Alcatel sin acceso a internet, miré mi bolsillo después de leer la nota, no fuera que saliera de la nada un 4S y me invadiera el sentimiento de culpa.

Antes de leer la noticia miré el titular tres veces y me sorprendió que empezara con un “Su iPhone”. ¿Cómo sabe el que la escribió que tenemos un iPhone? Podría ser un Blackberry, pero no, es un iPhone; todo el mundo tiene o ha querido tener uno.

Noticia adentro se suceden una serie de relatos sobre la miseria humana que incluye sueldos de miseria, malas condiciones laborales, peores sueldos, explotación de menores y suicidios. Todo para que usted y yo podamos tener un celular multifunciones y alabemos a Steve Jobs como si el señor hubiera venido a salvarnos.

Escribo esta columna desde un Apple MacBook (no me alcanzó para el Pro), del que no hablan en el artículo, pero dudo mucho que sea de mejor familia que su iPhone; seguro está manchado también.

La nota tampoco lo menciona, pero quizá muchas más cosas son fabricadas por niños de 13 años en Asia, Centroamérica, algún lugar de Colombia. Cosas que nos gustan: los tenis con los que corremos, el televisor desde donde vemos las noticias de la noche.

El otro día fui a Ktronix a comprar un televisor LCD de 32” y me gané el 50 por ciento de su valor, premio que le dan a uno de cada 50 compradores. Es la tercera vez que me pasa, lo que prueba que, además de ser de malas en el amor, soy un bobo con suerte.

Las condiciones inhumanas en países del tercer mundo hacen posible que la tecnología sea más barata para todos. De otra forma no se explica que siendo Colombia un país agricultor sus grandes cadenas cobren las frutas a precio de oro mientras que regalan la mitad de lo que cuesta un televisor con tres entradas HD y acceso a internet.

El asunto es que puedo canjear el premio comprando en el almacén por lo que se me dé la gana. Ya tengo vistos una cámara de fotos y unos accesorios para el iPod. Ojalá que no hayan sido fabricados por menores de edad, pero si llega a ser así, trataré de no pensar en eso para no pegarme un tiro.

Publicada en la edición de febrero de la revista Enter. www.enter.co

lunes 20 de febrero de 2012

La violencia empieza en el colegio

La violencia de Colombia empieza en los colegios, nos la inculcan desde la más tierna edad.

Un amigo está buscando colegio para su hija, que no llega a los tres años. No le ha resultado fácil pese a tratarse de un hombre con privilegios, ex alumno del Gimnasio Moderno y nacido en el estrato seis bogotano que ha manejado este país como una finca (en eso le lleva años de ventaja a Uribe, no sé por qué no lo soportan, si están en el mismo bando). Aunque a veces creo que por haber nacido donde nació es que se la pasa afrontando trabas y discriminación.

El hecho es que quiere meter a su hija al Liceo Francés, que es de los mejores colegios del país y relativamente barato en comparación a otros de similar nivel académico. Allí le  pidieron papeles como si su hija no fuera a comenzar su formación académica sino a capitanear la primera expedición humana a Saturno: hoja de vida de los papás, declaración de renta, extractos bancarios, comprobantes del pago de los impuestos de los carros y del apartamento. Además, un formulario que costó $100.000.

Formulario es un decir, ya que en palabras suyas se trataba de una hoja fotocopiada con unas cuantas preguntas básicas. Me dice que el colegio vendió 250 de estos a comienzos de año, lo que da un total de 25 millones de pesos. Debe tratarse de las fotocopias más caras de las que se tenga registro.

Y lo peor es que ni entrevista les hicieron, porque el colegio tiene tanta demanda que le da prelación a ciudadanos franceses y a familiares de exalumnos. Se trata de una práctica discriminatoria donde a un ser humano de tres años, que seguramente cuando grande va a ser un hijo de puta como usted o como yo, no se le da una oportunidad por haber nacido en la familia o el país que no tocaba.

Suena a frase mamerta, pero por cosas como esa es que hay violencia. Por eso hay delincuencia, por eso nacieron las Farc. Es culpa de cualquier Santos, de cualquier López, pero también de cualquier Zableh. Dejamos que eso pasara. Por eso debo confesar que esas marchas de no más Farc y no más secuestro me ofenden.

Ofenden porque ve uno a un ex presidente marchando en contra de eso que ayudó a cultivar; y a su esposa; y a las amigas de su esposa; y a los corredores de bolsa que no saben por qué ni para qué ni para quién hacen dinero; y los fotógrafos de las revistas haciendo la sociales de la marcha y entiende que promotores de violencia es lo que somos. Estamos como Gustavo Petro, que habló de las empresas de servicios públicos de Bogotá, creó pánico en las bolsas y luego mandó a investigar por qué las acciones de las mismas habían colapsado.

Uno entiende que los políticos y la desigualdad generen violencia, pero no espera que los colegios hagan lo mismo. Pienso en la hija de mi amigo, y si eso le ocurre a una niña con privilegios, qué le queda a un joven nacido en el campo. Que la niña tampoco es una víctima, no se trata de eso. Hoy va a una guardería que la recibe tres horas al día y le cobra por eso un millón de pesos mensuales.

Cuando crezca asistirá a un colegio que cobra 21 millones de pesos de bono y más de dos millones de mensualidad. La vida le dará todas las oportunidades para ser lo que ella quiera ser, pero a qué costo. No creo que valga la pena tener hijos para mandarlos a un colegio donde empezarán a fumar a los 13, se emborracharán a los 14, perderán la virginidad a los 15, probarán la droga a los 16 y serán unos clasistas de por vida.

No sobra soñar con colombianos más sensatos, menos avaros, mejores personas; con un país que entienda que en la igualdad de oportunidades está la paz. Ojalá algún día nos metamos nuestro “No más Farc” por vía anal.

jueves 16 de febrero de 2012

Los desconocidos

Los bancos han echado a andar una campaña para que sus clientes no acepten ayuda de extraños porque al parecer se han robado mucha plata últimamente. Y me parece una medida muy injusta contra nosotros, los extraños, que no tenemos la culpa de nada.

Ahora resulta que uno, que odia a la gente y no le gusta hacer amigos; que va por el mundo sin hacer el bien, pero tampoco haciendo el mal, es el malo de la película según la versión de una de las peores mafias de este planeta: el sistema financiero.

Desde que la gente le hace caso a los bancos las personas me tratan mal. Yo, que ando en silencio mirando como loco, no porque vaya a secuestrar a alguien (ganas no me faltan), sino porque trato de detallar todo, ahora soy un paria incluso en mi barrio.

Y ni tan desconsiderado soy. El otro día vi en la calle a un hombre al que se le cayeron cien mil pesos y lo perseguí dos cuadras hasta alcanzarlo. Se asustó tanto que me tocó meterle los billetes a la fuerza, todo por la mala fama que tenemos los extraños. Asobancaria, que de por sí nos tiene bien jodidos, bien culeados, nos sigue jodiendo la vida.

Pero nosotros, los extraños, nos limitamos a observar y guardar distancia, con algo de respeto, algo de miedo, algo de curiosidad, igual que usted. Son los conocidos los peligrosos. Todo el mundo sabe quién es Palacino y Valencia Cossio, y ahí están, socialmente aceptados, invitados con frecuencia a cocteles en los clubes.

Todo el mundo conocía a los hijos de Gadafi, y pese a eso cruzaron el Atlántico y casi logran entrar a México disfrazados de lo que no eran: unos desconocidos; todos le conocemos la cara a Luis Carlos Restrepo (pese a la barba que inspira ternura) y aún así lo dejamos ir a Estados Unidos, donde a veces la gente honesta no puede entrar porque no tiene visa.

Más de la mitad de los 357 presos que esta semana murieron quemados en una cárcel hondureña no estaban formalmente acusados de ningún delito. Nadie sabe sus nombres. Son los criminales famosos (Hitler, Pablo Escobar, cualquiera que haya sido presidente de Colombia) los que hacen daño.

Los desconocidos  son menos, pero están del lado de los buenos, no lo dude. Hacen sacrificios por nosotros, son los que limpian las calles y los baños públicos para que podamos usarlos; los conocidos, en cambio, suelen rompernos el corazón.

La próxima vez que sienta que un desconocido la mira en la calle, señorita, no se asuste, que no va a violarla. Seguramente seré yo tratando de detallarla para luego llegar a casa y masturbarme pensando en usted.

jueves 9 de febrero de 2012

Feliz día del periodista, otra vez

Yo era periodista, pero ya no, me desvié en el camino. Y no es un lío porque no se trata de un tema tan álgido como negar a la mamá o cambiar de equipo de fútbol.

Dejé la profesión por varias cosas. Primero, me enferma esa frase que dice que el periodismo es el oficio más lindo del mundo. ¿De dónde sale eso? ¿Qué tiene de nobleza el periodismo que no lo tenga la albañilería o la botánica? ¿Qué nos hace especiales? ¿Que lo haya dicho Camus? Albert Camus no tenía ni idea de lo que hablaba, eran otros tiempos; fue el mismo que dijo que todo lo que sabía de moral se lo debía al fútbol, y hay que ver la mafia que es hoy la FIFA.

Es puro complejo de inferioridad eso de decir que el periodismo es el oficio más lindo del mundo, igual que sentirse orgulloso por ser colombiano. El complejo de ser colombiano queda expuesto cuando alguien se ofende porque se meten con su tierra, o cuando le pregunta a un extranjero que nos visita qué piensa de nuestra comida y nuestras mujeres.

También está el asunto del sueldo, que en algunos casos roza la miseria. Me gusta ser periodista (o haberlo sido, aún no lo tengo claro) porque conocí a grandes personas, conocí el mundo; vi dos mundiales de futbol, me consintieron, me compraron con regalos varios como relojes, ropa, consolas de videojuegos, almuerzos, hoteles seis estrellas, celulares de ultima tecnologia. Así funciona esto. Agradezco a todos los que tuvieron esos gestos, pero me cago en la dinámica de la profesion. Yo preferiría ganar mejor sueldo y poder comprar con mi plata esas cosas que alguna vez me regalaron.

Y prefiero no hablar de lo que no sé: el periodismo de denuncia, hecho por gente que vive amenazada, en peligro. Los admiro, yo no sería capaz, tengo claro que no daría la vida por mi oficio. Por eso me especialicé en decir estupideces y hablar de temas que no pusieran en peligro mi vida.  El maximo insulto que me han dicho es “pseudoperiodista”.

Aprovecho para pedirle a los medios de comunicación que publican informes especiales y hacen denuncias cuando se presenta una injusticia, que hagan uno sobre cuál es la edad mental de la gente que cree que “pseudoperiodista” es un insulto. Y otro sobre porqué el periodismo es una profesión tan mal paga.

Aunque en parte lo entiendo. Es un oficio tan fácil que lo puede hacer cualquiera. Por un lado están los cientos de egresados que se regalan por nada (yo pasé por ahí), y por el otro, ex reinas y modelos que con dos horas de inducción empiezan a ejercerlo. Cualquiera puede presentar un programa, cada día nacen tantos blogs como bebés en India, pero no cualquiera puede construir una sonda espacial que nos muestre cómo es Marte.

Por eso dejé el periodismo y hoy hago algo que aunque está relacionado con él, no es periodismo como tal. Es el mejor sueldo que he tenido en mi vida y no me desgasto tanto. Sin embargo, algo del instinto de periodista vive en mí y cada tanto hago una historia o escribo una columna.

Cuando pienso en perspectiva y calculo todo lo que me falta escribir de acá hasta que muera para poder satisfacer mis necesidades básicas, me dan ganas de vomitar y comérme el vómito. Mi único consuelo es que hasta la más mediocre de las entradas de este blog es mejor que la mejor columna de cualquier columnista de este país.

Es una actitud soberbia y me disculpo por ello; yo no soy así, son arranques que a veces me dan. Si no le gusta, mande su comentario al buzón de sugerencias, que yo lo leeré atentamente y después sabré limpiarme el culo con él. Feliz día del periodista. 

miércoles 8 de febrero de 2012

Nerviosismo en las bolsas

Yo no entiendo a las bolsas de valores. Y no porque no haya estudiado finanzas, sino porque nadie tiene un temperamento más volátil que ellas. No hay estrella de rock que se les iguale ni Amparo Grisales que alcance sus niveles de paranoia.

Todos los días sube el euro o baja el dólar. Un dólar se acuesta a 1.783 pesos con 34 centavos, se despierta costando 82 centavos menos y los corredores entran en pánico. Yo no sé qué hace el dólar por la noche, con quién se mete ni cuántas horas duerme, pero debe tener una vida muy disipada para no ser la misma persona que era ayer.

Mejor no preguntar porque yo, por ejemplo, cotizo a la baja por las mañanas cuando la noche anterior he bebido y fornicado. Casi siempre pasa mucho de lo primero y nada de lo segundo.

Un 3 de enero (pasó este año) India anuncia que no crecerá el 10% sino el 8% y Asia entra en recesión. Horas después, la Bolsa de México cae 0,46% y miles de empleos se van a la mierda. 0,46%, una miseria. Se trata de unas bolsas muy bravuconas que en realidad se doblan con lo que sea; una especie de león del Mago de Oz.

Y todo el sistema financiero va de la mano, se pone nervioso con la más mínima variación, de ahí la obsesión por mantener el desempleo y la inflación en un solo dígito y la euforia cuando se logra, otras de las cosas que no acabo de entender. Vea si no la Eurozona, que no está en crisis por una guerra sino porque a Grecia se lo comió la deuda.

En cambio usted, persona natural, pasa una cuenta de cobro por míseros doscientos mil pesos y le quitan 11% de Retefuente más no sabemos cuánto del ICA (no sabemos, siquiera, qué es el ICA). Y asume el descuento de pie, sin llorar, pese a no tener el respaldo del emisor central. Entonces, como plan de choque va al supermercado con el dinero cobrado y en vez de comprar las dos bolsas de leche La Alquería que tenía pensadas, compra de la barata y sigue viviendo.

Imagine que el resto del mundo se comportara con igual de nerviosismo que las bolsas, seríamos todos hipocondríacos. En lo que a mí respecta, sólo las alarmas de los carros me parecen más nerviosas que las bolsas de valores. Y lo digo porque a la fecha no he visto alguna que se dispare porque en efecto se están robando el vehículo. Y nunca suenan de día, siempre de noche cuando la gente duerme. Sospecho que es porque mantienen en secreto un romance con el dólar, no le hallo otra explicación.

lunes 30 de enero de 2012

Las mujeres están enfermas

Lo bueno de una mujer es que sea inalcanzable; una vez se conquista pierde toda la gracia. Y suele perderla no por intensa, insegura o celosa, que esas son pendejadas, sino porque sufre alguna enfermedad.

Todas las mujeres están enfermas. El hombre que se fija en una la considera invencible, princesa, la de su vida. La ve y se derrite, para luego conocerla bien y descubrir que tiene cistitis crónica porque nació con el ano muy cerca de la vagina.

La mujer que me gusta ahora convive con un período caprichoso y una toxoplasmosis. Llevo once años cortejándola –sin éxito- y ahora, después de un sinnúmero de relaciones fallidas, empieza a ponerme atención. La regla irregular le causa cólicos y variaciones del humor, mientras que la toxoplasmosis, que se contagia por comer alimentos mal cocinados o tener contacto con gatos, le tiene un ojo llorando sin control.

Ella, niña deseable, es el símbolo sexual de las salas de urgencias de la ciudad, usualmente repletas de ancianos. Si supieran de lo que sufre quizá no la mirarían con tanto deseo. Esa mujer, como todas, no solo tiene los defectos de cualquier persona, sino otros peores que además de siquiatras requieren exámenes de sangre y medicamentos del POS para ser corregidos.

Yo suelo imaginarme a las mujeres en ropa interior, tocándose mientras dicen mi nombre, cuando en realidad están en un consultorio tratándose un sarpullido misterioso. Siempre que una me cuenta que va al médico me imagino que es por culpa de quistes en los ovarios, que parece ser común entre ellas. El otro día mi ex novia me dijo que se tenía que operar, yo le pregunté que si de quistes en los ovarios y me contestó que de las amígdalas. Tarado que es uno.

Yo he visto enfermas a las mujeres mas hermosas de mi generación. Y no enfermas como me gustan, es decir, mojadas y frotándose las tetas, sino enfermas de verdad, retorcidas por culpa del colon o de un aborto espontáneo.

Pienso en dos amigas. La primera sufre porque porta en su pecho los implantes PIP. Hay que verla por ahí, caminando toda hembra, sufriendo en silencio por unas prótesis que no necesitaba y que podrían enfermarla, o no. 

Lo de la otra es más grave. La está matando un cáncer y desde hace meses no sé de ella. La conocí de milagro, vive en el exterior y no tenemos amigos en común. No tengo otra forma de encontrarla más allá de los mensajes que le escribo y no contesta. Yo prefiero pensar que es porque se cansó de mí y no porque reposa en un cenizario. ¿Dónde estará Juliana?

jueves 26 de enero de 2012

No creo en Dios ni en la banca en línea

Yo voy a ser uno de esos viejos que una vez al mes se despiertan a las tres de la mañana para ir a reclamar su pensión. Iré con un banquito y bien abrigado, a la de dios, sabiendo que puedo protegerme del frío, pero quién sabe si de los ladrones.

Lo sé porque desde hace años me la paso en el banco, haciendo filas que podría ahorrarme si creyera en el internet.

Pero no confío, qué hago. El otro día programé la cuenta de ahorros para que me debitaran mensualmente la renta del celular y la de la televisión por cable. El primer mes me descontaron dos veces el cable y no pagaron el celular, que me lo cortaron por falta de pago. Entonces me enfrasqué en dos batallas que nadie quiere librar en este país: que le reconecten el celular y que el banco devuelva plata. Podía decir que tengo la cuenta en Bancolombia, pero no creo en el periodismo como herramienta de venganza.

El hecho es que desde entonces tengo que ir a la sucursal de mi banco y verle la cara al cajero que recibe mis facturas. Nada como el olor a tinta fresca sobre el recibo.

Hace poco salió un informe que decía que Chile era el país de Latinoamérica que más usaba los servicios bancarios por internet, con un 34,8 por ciento de sus habitantes. Colombia, lejos, supera apenas el 20 por ciento. Yo soy uno de esos 32 millones de colombianos que en pleno 2012 prefieren mamarse la fila del banco antes que interactuar con una máquina en la que no se puede confiar. No es que las personas sean de fiar, pero es lo que hay.

Y eso que hay que ver los bancos de acá.

Hay una fila para clientes rasos y otra para especiales. La de los especiales nunca está llena, pero tampoco vacía. Los clientes preferenciales llegan siempre a cuentagotas, como si estuvieran coordinados. Siempre hay uno, uno solo, que impide que los rasos nos colemos. Por lo general es una señora de pañoleta de Chanel, aretes de oro y cartera Louis Vuitton que se va a hacer visita al banco porque no tiene nada que hacer en la casa.

Yo no soy de  esos, a mi no se me ocurriría ponerme mi mejor chaqueta para ir al banco ni hacerme en la fila express. Me críe en colegio de curas, haciendo filas en los bancos de este país. Tengo vocación de comemierda. Soy el más ateo, pero como si fuera el católico más recalcitrante creo en que hay que sufrir para alcanzar el reino de los cielos.

Y todo porque resulta muy complicado usar el banco por internet: hay que inscribir la cuenta, sacar una segunda clave, a veces hasta hay que lidiar con un call center. Y luego todo es muy frío, muy digital. Te sale un pop up dándote las gracias pero no hay una prueba contundente de que sí pagaste lo que tocaba pagar.

Uno es victima de los bancos, de sus filas y de sus tasas de interés. Hay que proteger la clave como la vida para que no le saqueen la cuenta. Sin embargo, son los bancos los que se quejan, los que lloran, los que piden salvamentos del gobierno, los que ponen a la gente a apretarse el cinturón cuando la mano viene dura pero no comparten sus ganancias cuando les va bien.

No confío en el sistema financiero, mucho menos en la tecnología. Escribo estos artículos y los mando por correo certificado a la revista, que ha contratado a un ex cajero de banco para que los transcriba.

Publicada en la edición de enero de la revista Enter. www.enter.co

lunes 23 de enero de 2012

No más conciertos de segunda

Un poco de perros que vienen a tocar y uno no tiene idea quiénes son: bandas reencauchadas que no han pegado un éxito en décadas, drogadictos rehabilitados que recaen cuando descubren el precio de la cocaína nacional, hijos sin talento de músicos famosos, Britney Spears, 20 DJ que se autoproclaman como “el mejor del mundo” según quién sabe qué escalafón. El último que vino fue uno llamado Steve Aoki, que dicen que está bien ranqueado en la Lista Clinton. 

Los conciertos en Colombia son un chiste, no voy a uno desde 1992. Ese día vi a Soda Stéreo, cuyo cantante está por fortuna en coma en Buenos Aires, porque si no lo tendríamos viviendo en Cedritos, renunciando a su nacionalidad argentina para volverse colombiano de corazón, como Piero. 

Yo crecí con las grandes bandas lejos y por eso, por inalcanzables, me gustaban. Perdí el gusto por ellas cuando empezaron a visitarnos; algo malo debe tener un grupo que viene a Colombia. Desde que el negocio de la música cambió por culpa de internet, al país vienen muertos vivientes. Aerosmith se vende por un calado, a un grande como R.E.M. lo van a ver 3000 personas, Metallica nos visita cuando suena como U2, los de Iron Maiden han venido tres veces y en la última me pidieron que les sirviera de codeudor para sacar un apartamento en Galerías. Como la venta de discos ya no es rentable, a los artistas les toca meterse a cuanta selva esté dispuesta a pagar por su espectáculo: Angola, Ruanda, Haití, Cali; da lo mismo.

Un DJ es aquella persona que no nació con el talento suficiente para hacer música, y a Colombia vienen siempre los mismos: Bobo, David Guetta y Paul van Dyk. ¿Cuál es la habilidad de esta gente? ¿Espichar la tecla ‘play’ del iPod mejor que los demás?

Perros son los que vienen: grupitos descafeinados que solo les gustan a los hipsters, un tipo que se hace llamar Toro & Moi, DJ Jay Arroyave, que además de cacofónico, tiene pinta de cotero de bus de Copetrán. Y lo peor es que gracias a Sayco, ver a cualquiera de estos señores cuesta lo mismo que una conferencia del Dalái Lama. 

Hace poco vino el hijo de Bob Marley. No sabría decir cuál porque Marley tuvo 14 hijos con siete mujeres. Parece que cantó No woman no cry y la gente se volvió loca. Se supo que era hijo del jamaiquino no por su talento, sino porque durante su estadía fumó más marihuana que el taita. Sería bueno que en algún momento de la vida dejara de drogarse y empezara a hacer canciones propias a ver si deja de vivir del papá, que lleva 30 años muerto.

El pueblo colombiano resiste con estoicismo tanto paquete y se desquita mandando a Shakira de gira mundial, pero no es suficiente. Yo pido más, pido sinceridad de todas las partes involucradas. Que los de Tuboleta y Evenpro cobren lo que en realidad vale el artista, por ejemplo.

Sueño con el día en que un grupo se suba a la tarima del Simón Bolívar y, sin ocultar el asco que da visitar un país del Tercer Mundo por necesidad, diga que está aquí porque necesita plata y que este pueblo es una porquería. Pensé que Ozzy Osbourne —por irreverente— o Britney Spears —por bruta— lo harían, pero me equivoqué. Desde ya estoy esperando a Lady Gaga. 


Publicada en la edición de enero de la Revista Soho.
www.soho.com.co