martes, 28 de diciembre de 2010

Usted no me conoce

Que a uno no lo conozcan es un regalo que no se paga ni con todos los sueldos mensuales de aquí hasta el día de la muerte. Es el anonimato lo que da licencia para hacer muchas cosas, lo que mantiene a la sociedad funcionando. No me imagino cómo sería la vida si todo el mundo supiera quién es el otro.

Un carterista no podría trabajar en Transmilenio si conociera a todos los pasajeros que viajan en él, al tiempo que un hombre podría acostarse con la novia y la hermana de su mejor amigo (ojalá al tiempo) si no fuera su mejor amigo.

El tipo que cuando no lo dejan entrar a un sitio dice “usted no sabe quién soy yo” está botando a la basura lo más valioso que tiene, después de la salud, y no lo sabe. Cuando un político sospechoso de peculado es interrogado y dice que no conoce a ese señor del que le hablan, no es que esté mintiendo; simplemente está arrepentido, no de haber cometido un crimen, sino de haberlo conocido. Hay en cambio gente que no aprecia el anonimato, y aun sin conocer a nadie se sube a un ascensor y saluda.

¿Con qué cara criticar a Álvaro Uribe si fuera amigo de los papás de uno de toda la vida? Imposible. Por eso no quiero imaginar el dolor de Tomás y Jerónimo por ser hijos de su padre; es que la familia pesa, pero para mal.

Sería fácil culpar a tus hermanos por tus traumas y miedos de la infancia si no existiera lazo alguno entre ustedes, pero no te queda otra que aguantar en silencio hasta volverte un tarado, y un día cualquiera, en la cena de Navidad preferiblemente, botarles en la cara y sin anestesia que llevas veinte años cortándote las uñas de los pies con las tijeras de la cocina, aclarando así el porqué de la reputación de mala cocinera de tu madre.

Cuando me voy de viaje aprovecho para hacer cosas nunca haría en Colombia. Me visto de bermuda y sandalias un día, y de sudadera al siguiente. Visito a las putas, monto en bus, hago graffitis y almuerzo un sánduche en un parque cualquiera. Moriría de vergüenza si las hiciera en mi país.

Lo particular de este invierno, por ejemplo, no es que haya habido dos millones de afectados, sino que yo no conozca a ninguno de ellos. Si así fuera no podría dormir del cargo de conciencia por no ayudarlo. Dos millones y ningún amigo mío, qué afortunado.

Un día me monté al ascensor de mi antiguo edificio y me encontré de frente con el presentador de Sweet. A partir de ese día dejé de criticar su ropa, su pelo, su hablado y me volví fiel seguidor del programa. Me odié montones, pero no podía seguir rajando de un vecino que en la reunión de residentes apoyó mi idea de cambiar de empresa de celaduría.

En donde vivo ahora viven también la escritora Piedad Bonnett y el hijo del periodista Ramón Jimeno. De la primera me toca callar respecto a sus versos, mientras que con el segundo no me he cruzado más de dos veces, así que lo seguiré repudiando como si no lo hubiera visto nunca en mi vida.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Pasa una mañana

Nadie sabe cuándo llega el día en que todo lo que parecía normal termina siendo un absurdo. No se trata de una revelación gradual, sino de un descubrimiento súbito, casi que violento. Hoy no soportas que el portero llame el ascensor por ti, gesto que ayer adorabas, porque lo lógico es que tú mismo lo pidas.

Carece de sentido que habiendo tanto usuario y tanta antena repetidora regada por los campos de Colombia, las llamadas de celular se vivan cayendo, así como tampoco es racional que en la fila del banco haya alguien que pida que le guarden el puesto para ir a llenar un formato de consignación. Yo he perdido cientos de puestos en mi sucursal más cercana por hacer las cosas como se deben: primero el formato, la fila luego.

Estos dos detalles, que 24 horas atrás no te incomodaban porque creciste con ellos, de repente te convierten en un amargado.

No es anormal que censuren un video de Enrique Iglesias por su contenido sexual, lo realmente irracional es que un tipo como Enrique sea cantante. Y lo bonito del asunto es que la idea aparece clara en tu mente, como si te la hubieran estampado, una mañana cualquiera, siendo que llevas oyendo al Iglesias y a su padre desde que eras un niño y nunca te habían disgustado.

Otro día sales a la calle y el bus que te lleva de la casa al trabajo demora media hora en pasar, cuando lo usual es que no tarde más de cinco minutos. No hay de qué asombrarse, lo descabellado es que alguien haya caído en cuenta de que tú necesitas ir del punto A al B todos los días y que preste ese servicio por monedas. Lo descubres y la siguiente vez que te montas al bus lo haces como si estuvieras entrando al cielo; las sillas raídas son nubes, el chofer es San Pedro y trabaja para un Dios que está en las alturas (en realidad el dueño de la flota, que opera desde en una opulenta oficina decorada con mal gusto al sur de la ciudad).

Inadmisible, porque no le cabe otra palabra, es que un metro cuadrado en Bogotá alcance los quince millones de pesos. Cuando juntas el dinero con mucho esfuerzo caes en cuenta de que no se puede hacer nada con un solo metro cuadrado y decides que es mejor donarlo a caridad, o gastarlo en un burdel. Y cuando verbalizas que la interminable cadena de la vida no tiene ningún sentido, que estudiar, trabajar, casarse y tener hijos para que ellos repitan el ciclo es una carrera que no podemos ganar, tus amigos empiezan a sacarte el cuerpo y no te vuelven a invitar a los asados del sábado por la tarde. Eso por no mencionar la cara que al respecto ponen tu señora y los niños.

Un día abres los ojos y concluyes que el rojo del semáforo para que la gente pare y el verde para que ande es una incoherencia, y te lamentas por todos aquellos que no lo han visto. Decides entonces que te conviene más pasártelos en rojo, con tan mala suerte que te llevas por delante la mini van de una guardería y te meten a la cárcel por haber matado a tres de las personas que estaban llamadas a ser el futuro del país. La celda la compartes con dos ex funcionarios públicos a los que le pareció lo más de absurdo no usar dineros del Estado para pagar la universidad de la hija menor, la consentida, y remodelar la cocina y los tres baños de la casa.

Tengo un amigo así, que va rompiendo reglas deliberadamente, pero son trasgresiones inofensivas, que no dañan a nadie, salvo su relación con su esposa, que cada día está peor. Un día dejó de usar el reloj en la muñeca izquierda para hacerlo en la derecha porque le pareció que así se sentía más cómodo, ya que es zurdo. Ella no lo soporta, creo que se van a separar y que él no lo ha notado aun. Ser soltero de nuevo va a ser una realidad que va a terminar por volverlo loco en estas navidades. Que así sea, porque al fin verá la luz.

martes, 21 de diciembre de 2010

Llegó diciembre con su alegría

Odio la Navidad más de lo que odio a mi madre. La odio, la Navidad, quiero decir, porque la gente cree que se puede ser un cabrón once meses del año y compensarlo con un par de dádivas en diciembre.

Vivimos por estos días un ambiente de falsedad en las calles: falsa fiesta, falsa hermandad, falsa nieve; la verdad es que todos nos odiamos y que Colombia es un país tropical. Esta época me deprime porque no le veo el punto a regalar corbatas, comer natilla, cantar villancicos y bañarse en el mar como si no tuviéramos la culpa de nada.

Yo hasta celebraría Navidad si fuéramos capaces de aceptar nuestra mezquindad. Nos fijamos en una noticia de acuerdo al número de muertos, como si ganáramos por comisión. Semanas atrás hubo un tsunami que no sonó en ningún lado porque no mató ni a cien; fue el de 2004, con más de doscientos mil muertos y catorce países afectados, el que se llevó todos los reflectores. No sé usted, pero cuando me entero de que hay un temblor y después leo que solo hubo pérdidas materiales me agarra una decepción capaz de tumbarme en la cama por días.

Y es acá donde hay que culpar a alguien por lo mal que nos va. Yo señalo a la Coca-Cola. ¿Ha notado usted que entre más tiernos pretenden ser sus comerciales más hostil es el mundo? Preferimos la versión de los osos polares que tiene la multinacional, unos animales atontados que toman gaseosa y cantan en coro, cuando en realidad estamos hablando de un carnívoro implacable que necesita treinta kilos de carne cruda al día y que no duda en ser caníbal si de sobrevivir se trata.

Yo prefiero a un oso polar con la boca roja por la sangre de su presa que a uno con gorrito de Papá Noel. Eso por no hablar de los que mueren exhaustos después de mucho nadar en busca de un témpano de hielo que se derritió por culpa de nuestro calentamiento global. Nada más poético que ver morir un animal estupendo. Cruel, pero hermoso. Si tengo un hijo lo primero que voy a hacer cuando tenga uso de razón es decirle que el Niño Dios no existe, para que así no crezca convencido de que la vida es un anuncio de Coca-Cola.

El fin de semana pagué mi visita obligada a Carulla y salí sin comprar nada por culpa de los villancicos que sonaban, cantados por niños con voces que parecían sacadas del coro de las juventudes hitlerianas. Los niños de hoy son los hijos de putas del mañana, no deje que se lo coman de cuento.

Note usted, por ejemplo, que en diciembre no hay promociones de nada, ni descuentos, ni dos por uno, porque todo el mundo compra. Esa cosa llamada ley de oferta y demanda es en realidad la radiografía de nuestra miseria, por eso en los aeropuertos nos cobran los sánduches de atún como si fuera de beluga, y la Coca-Cola como si la lata viniera forrada en piel de oso polar.

Nos vemos en enero, voy a ver videos de cómo matan foquitas bebés a garrotazos.

domingo, 19 de diciembre de 2010

En sábado por la noche

Tenía once años y mi madre decía que en ese momento la mujer de mi vida no pasaba de los seis. Yo la miraba extrañado, como quien oye hablar a un loco, pero pensaba inmediatamente en Carolina, una niña del barrio de más o menos esa edad.

Yo estaba enamorado de Carolina. Me gustaba tanto que cuando nació mi hermana menor moví cielo y tierra para que se llamara así, y lo logré. No creo que Carolina, mi hermana, sepa tal detalle. Carolina, mi vecina, murió de cáncer un par de años después y ahora que lo recuerdo tenía un hermano mayor que se llamaba Adolfo. Todo es muy extraño.

Un sicoanalista diría al respecto que desde entonces me gusta mi hermana en secreto porque su nombre, que a la larga es prestado, es el único recuerdo que me queda de aquel amor infantil nunca consumado.

El hecho es que desde entonces he ido alimentando una larga lista de mujeres que no me correspondieron. Desde niñas de las que no puedo recordar el nombre, pasando por hijas de amigas de mi madre y terminando en mujeres hechas y derechas que pese a reconocerme algunas virtudes nunca las creyeron suficientes como para estar conmigo.

Entre todas crearon un fantasma que aun hoy persigo, porque cuando nos enamoramos de una mujer en realidad lo hacemos de la misma, una y otra vez, de una sin rostro que nos marcó la vida y nos la estropeó para siempre. Yo ignoro a qué amor del pasado estoy exorcizando cuando me fijo en alguien, lo único que sé es que cuando miro tu cara, veo la de la niña que a los ocho años me dijo que no.

Será por eso que en sábado por la noche busco amor. Es por aburrimiento, seguro, pero no cabe duda de que lo quiero más que nada. Miro películas románticas y juego con tus fotos de Facebook. Las abro y paso sobre ellas ese cursor que es como una manito. Lo paso por encima de tus ojos, de tus fosas nasales, como si te hurgara la nariz. Pero no te preocupes, todo el efecto desaparece en lunes por la mañana.

Si yo tuviera una hija quisiera que fuera como tú, para que desde los seis años rompiera los corazones de niños como yo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Tenía trece años

No sé si le pase a usted, pero yo sigo viendo a un niño cuando me miro al espejo. Y aunque ya pasé de los treinta veo mayores a futbolistas que nacieron una década después de mí. Mi sueño es estar al frente de Messi y decirle “Señor, ¿me da su autógrafo?”.

A mi edad mi padre tenía tres hijos y dos matrimonios, yo en cambio aun le pregunto a la amante de turno si se está tomando las pastillas.

Soy un niño que se emboba con el paisaje, por eso en el avión pido ventana en vez de pasillo, donde seguro podría estirar mis largas piernas. Y no me estresan el despegue ni el aterrizaje. Al revés, los disfruto montones, ignorante de que son las maniobras con más riesgo de accidente. Es un dato que un adulto conocería a la perfección pero que un niño no tiene por qué saber.

Soy un niño. Vivo en arriendo y no declaro renta. No tengo hijos, carro ni licencia para manejar. No tengo tarjeta de crédito ni cuenta corriente porque los niños no manejamos cheque, todo lo pagamos con billetes arrugados y de baja denominación. Soy niño, le hago daño a mucha gente pero siempre sin querer.

No me peino desde 1994 porque a los niños los peinan sus madres. Tampoco cocino, porque es muy fácil que un niño se queme con una olla mal puesta. Yo hago sánduches de atún en pan de molde, como a deshoras y tomo gaseosa en ayunas.

No me baño los domingos y ando en medias por la casa. El queso me sabe a pecueca y el vino a jugo rancio. No voto, no fumo, no tomo café, no meto drogas ni mando flores. Sigo soltero porque los niños no sabemos qué es el amor. Soy un niño, ignoro que mis padres tienen sexo y que los líderes de nuestro país son también nuestros peores delincuentes.

De niño me prometieron que mi tartamudez era una cosa de la infancia. Desde entonces espero con ansias la llegada de mi pubertad.

Hace poco le pedí a una amiga su dirección de Hotmail para sumarla al chat. Me la dio y casi enseguida me dijo “Tenía trece años”, en tono de excusa por haber escogido tal nombre. Ella se disculpa por haber tenido trece años alguna vez, yo lamento no tenerlos más.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Resistencia

La cocina y las cortinas (ambas nuevas), el número de postes de la casa al trabajo, los mocos en los trancones, un nuevo televisor para cada mundial, los eventos familiares donde debes socializar con un primo que no te agrada, el Playstation portátil, los libros del escritor que tanto admiras y que nunca serás, una tina con agua caliente, las putas, el fútbol del domingo, los noticieros de la noche, la larga espera antes de que Julio pase tu llamada al aire, el celular que reemplaza al que te robaron, el paseo de tres días del que se vuelve más cansado de lo que se fue y el viaje de tu vida del que no quisieras regresar, las rayas del andén que no debes pisar, el helado de chocolate, el porno suave (y el duro de vez en cuando), caminata en vez de taxi, escaleras en vez de ascensor, la ropa que se compra a sabiendas que no se necesita, todo el ritual de un lomo al trapo, la fila en la discoteca de moda, el tedio de ver siete veces a Harry Potter, once años de colegio y diez semestres de periodismo, dos matrimonios con el mismo número de divorcios y de hijos, los almuerzos de trabajo donde ni se almuerza ni se trabaja, el funeral de tu padre, la bicicleta que nunca montas, la vecina que ignora que cada sábado se desviste para ti, el arrume de juegos de mesa que nunca se usaron, obras de beneficencia en diciembre, la inmobiliaria que no tapa las goteras, las horas muertas (casi todas). Lexotán, Prozac o tus besos imposibles. Lo que sea con tal de resistir esta vida insoportable.

viernes, 10 de diciembre de 2010

El peso de un nombre

A mis padres, que tanto me dieron, nunca les voy a perdonar que no me legaran los apellidos Pombo Umaña, llenos de abolengo y tan útiles a la hora de hacer negocios, incursionar en política y presentar la solicitud de membresía en el Country.

Me convirtieron en cambio en un Zableh Durán cualquiera, mezcla de palestino y criollo. Dicen que tengo un White por ahí enredado que no me va a ayudar a obtener la ciudadanía británica. Y adornaron todo con un Adolfo en honor Hitler, a mi abuelo en realidad, un árabe que odiaba a los judíos (por redundante que suene), marcaba su ganado con una esvástica de hierro y le puso a un sobrino Erwin por Erwin Rommel.

No soporto mi nombre, suena a viejo y tiene cincuenta millones de muertos encima. Uno puede llamarse Adolfo solo si tiene sesenta años y ha mandado a construir uno que otro campo de concentración. Yo debí llamarme Abraham, o Issa.

Hay que ver lo que pesa un nombre y lo mucho que puede despistarnos. A usted le dicen que tiene que hacer una vuelta en el Ministerio de Protección Social y va feliz, seducido por los ideales de gobierno, protección y causas sociales con los que creció, cuando en realidad se puede estar entregando mansamente a un tipo como Diego Palacio.

Yo de niño decía que era del Partido Conservador porque no quería crecer, ni que se muriera mi perro, ni que nos mudáramos de casa, así que aquellos que abogaban por conservar tenían necesariamente que ser los buenos. Y ahora resulta que Roberto Gerlein quiere empezar a hacer algo bueno por el país a sus 72 años y ha propuesto cambiarle el nombre a Partido Nacional Democrático, que para ir encadenando datos en este artículo, suena mucho al Partido Nacionalsocialista Obrero que lideraba Hitler.

Y aunque culpo a mi nombre de todas mis desgracias, debo agradecer que no cargo apellidos tan nefastos como Drummond o Valencia Cossio, y que me ha ido mejor que a Junior Turbay. Los dos nos llamamos como nuestros padres, pero a diferencia suya yo luché toda mi vida para que no me llamaran Junior y no me dejaran involucrar en política pese a todas las veces que lo intenté. Quería ser embajador y dedicarme a la diplomacia internacional. Fue muchos años de que Wikileaks sacara a la luz las inmundicias humanas que hay detrás de un nombre tan atractivo.

No entiendo por qué, pese a tener un nombre tan fuerte, tan particular, la gente lo ha confundido desde siempre. Me viven llamando Alberto, Alfredo, Alfonso. Tuve una profesora de la que estaba enamorado y que alguna vez me dijo Albeiro frente a toda la clase, quizá para que dejara de acosarla.

Hablando de Adolfos, y ya para irme a almorzar, debo decir que deberé cargar con el mío para siempre y que en tal caso creo preferible terminar como Hitler, incinerado en un bunker en Berlín, y no como Pérez, presentando la Tevepolémica.

Yo quiero hacer canciones

Yo quiero ponerme a hacer canciones porque no sé qué hacer por la mañana con los sonidos que he soñado en la noche.

Escribir ya no me basta. No se me da del todo mal si ando en la buena, pero mis palabras no tienen música de fondo y cuando las leo en voz alta me salen tartamudas. Cantadas, en cambio, suenan mejor porque cuando canto no me trabo, tampoco cuando rezo. El cura que me confesaba en el colegio me ponía a orar tres padrenuestros y dos avamerías para expiar mis pecados, y me salían de lo más de bien. Yo quiero que mis canciones suenen como mis plegarias de la infancia.

Desde niño quise hacer música, aunque entonces no lo sabia. Creía que mis gustos eran jugar fútbol y montar en bicicleta. Y lo eran, pero lo que más deseaba era inventar canciones. Mis padres nunca me metieron a lecciones de piano, a lecciones de nada en realidad. No eran como los otros papás que tenían a sus hijos en clases de karate, de natación, de pintura. Por eso busco tutoriales gratis en internet y pago de mi bolsillo clases particulares después de viejo.

Yo quiero aprender a tocar New coat of paint y componer canciones de ese estilo, que es lo que me sale. No me veo como Gloria Estefan, capaz de reunir a cincuenta mil personas en un estadio para decirles que se pongan a bailar la conga.

Tú que tocas piano sabes a qué me refiero. Te odio por eso, porque además de tener mucho de lo que yo busco eres también lo que yo no soy: una música, frustrada quizá, pero algo es algo. Yo, en cambio, soy un frustrado y punto.

Tal vez todo sería más fácil entre los dos si yo supiera de música. Me tendrías haciendo cosas tan bonitas como cursis, tipo Somersault, porque aunque quisiera inventar para ti una The rain song de nuestros tiempos, debo aceptar que mi talento no da para tanto.

Intercambiaríamos canciones. Tú tocarías esa de Erik Satie que te sabes, o la de Coldplay que tiene un video que va todo el tiempo al revés. Yo trataría torpemente de sacar adelante Briony, o la versión que hace Don Henley de Come rain or come shine.

Algún día tendríamos una pelea -por mi culpa, seguro- y yo compondría una canción para que me perdonaras, justo como hizo Hendrix cuando le criticó a su mujer la forma en que cocinaba y la única forma de que lo aceptara de nuevo fue haciendo para ella The wind cries Mary. Al final de todo, ya redimido, te follaría como se folla Brad Pitt a Helena Bonham Carter en el Club de la pelea, corazón. Igual de salvaje, pero en una cama más limpia.

Por mi gran culpa

Lo malo de haber sido educado como católico es que se vive siempre con pánico, pensando en qué momento se están rompiendo las leyes de Dios. Se crece con la idea de que Él lo ve todo y que apenas detecta un fallo empieza a cranearse el castigo, porque es muy vengativo.

Si además de católico se ha nacido en un país como Colombia, el sentimiento de culpa pesa tanto que da pavor desear a la vecina en silencio, y sin embargo se puede cometer un peculado con asombrosa facilidad. Así las cosas, da más miedo encontrarse con un cura que con un policía.

Todo esto porque precisamente el sábado me cogieron dos policías orinando en la calle. Tuvimos una larga charla con mi miembro afuera –el miedo era más grande que la vergüenza- y después de ruegos, de mostrar mi cédula y de alegar razones de salud, me dejaron mear en paz junto a un poste que tenía el bombillo fundido.

Lo que no sabía yo es que me estaban esperando para pedirme una colaboración por no haberme mandado a un calabozo. Muerto de susto saqué un fajo de billetes de baja denominación, les entregué cinco mil pesos, les di la mano (sin habérmela lavado) y me fui de allí a paso lento para no despertar sospechas. Con cinco mil pesos, dos mil quinientos por cabeza, solucioné el problema y pude dormir en mi casa. Aun así, la culpa me hizo pasar la noche como si en efecto me hubieran mandado a la cárcel.

Fue tan traumático que incluso soñé con mi maestro de Historia del bachillerato, el profesor Altamar. Era un viejo tan sabio como loco que durante los exámenes se escondía en algún lugar del salón, y cuando veía a alguien copiándose salía de la nada para gritarle frente a todo el salón “¡Te pillé, bellaco, te pillé!”. Nos trataba como delincuentes cuando en realidad no pasábamos de los tiernos doce años.

Todos sabíamos que algo raro le pasaba al profesor Altamar porque cada tanto salía con frases como “Hoy tiran bolas de papel, mañana tirarán granadas”, o “disfruten que puedan comer en bandeja de plata, porque mañana lo harán en hojas de bijao, y en el suelo”. Según lo veo ahora de adulto, el problema es que tenía una visión muy fatalista del ciclo de la vida, aunque algo de razón debía tener porque murió solo y drogadicto hace más de un año. Dicen que hallaron su cuerpo desnudo y lo enterraron en una tumba sin nombre.

Desde entonces mi existencia ha consistido en vivir con miedo y en hacer todo lo que esté a mi alcance por no parecerme al señor Altamar y a mi padre. Del primero me siento lejos, aunque uno nunca sabe, de mi resistencia por el segundo no me queda otra que culpar a Edipo.

El incidente del sábado me hizo recordar aquella vez que mi padre sobornó a un policía también con cinco mil pesos para que no le pusiera un parte tras volarse un semáforo en rojo. La diferencia, y eso me alivia, es que mientras él dio un billete de cinco mil, yo tenía dos de dos mil y uno de mil.

Zurdo

De niño mi madre me obligaba a hacer planas con la mano derecha en un cuaderno especial que había comprado para mí en una papelería.

No lo hacía para atrofiarme el uso de la izquierda, según ella, sino para que me volviera ambidiestro. Ignoro si existe un estudio científico que lo compruebe, pero para ella ser ambidiestro era señal de ser más inteligente que los demás, como si al usar las dos manos se usaran también dos cerebros. Yo, fatalista desde mi primera infancia, pensaba que el esfuerzo bien valdría la pena en caso de que me mutilaran la mano izquierda, lo cual era solo cuestión de tiempo.

Como siempre dejo las cosas a medio empezar, logré abandonar el cuaderno a la mitad a golpe de llanto y ruegos. Y aunque jamás logré escribir con la derecha, recuerdo que cuando pasaba al tablero en el colegio trataba de escribir con ella, y no me salía nada mal. Era un detalle que no todos notaban, apenas los más observadores, entre ellos un compañero que había nacido zurdo, como yo, y al que en casa le habían castrado el uso de la izquierda. Armado de su mano diestra -que era justamente la menos diestra-, el pobre garabateaba sin éxito los cuadernos. Además de burlas por su pésima caligrafía, ganaba malas calificaciones porque ningún profesor entendía lo que respondía en los exámenes.

Este es un mundo de derechos, y como derechos que son creen tener el deber de enderezarnos a todos. Ahí está Benedicto XVI, vocero de un dios intolerante, dueño de la verdad en materia sexual pese a que debe ser virgen, como manda la Iglesia.

Conservadores todos. Son esos que condenan públicamente lo que hacen a escondidas. Hay quien se pasa la vida censurando el homosexualismo pero se derrite por los colegiales de catorce. Luego llega a casa a masturbarse y a llorar porque se odia hasta las vísceras por tener que aparentar lo que no es.

Hay también quien le asigna talante de delincuente a aquel que abre la boca para decir algo con lo que no está de acuerdo, pero que al mismo tiempo muestra una parsimonia que aterra cuando de arreglar problemas reales se trata. Ahí tienen ustedes a Ordoñez, nuestro Procurador, capaz de organizar una quema de libros. Hay que agradecer que lo nombraran en tiempos donde quemar personas ya no se usa.

Decía entonces que sigo siendo zurdo, pero un zurdo a medias, de no confiar. Escribo con la izquierda, pero hago con la derecha cosas como jugar beisbol, fútbol y tenis (lo del tenis es apenas una expresión). En cambio, me lavo los dientes, cambio los canales de la tele y me limpio el culo con la izquierda.

Ignoro qué soy, porque esta medianía ha llegado hasta mis convicciones. Me creo de izquierda, y aunque no soporto la extrema derecha, en ocasiones pienso que este país solo se solucionaría con imponer pena de muerte a aquellos que se vuelen un semáforo en rojo, se cuelen en una fila, cosas así. Cuando veo a un mendigo se me parte el corazón y me indigno, pero no muevo un dedo por él. Incluso huyo con algo de asco. Eso, sospecho, es ser un derechista de miedo, aunque ya no me queda claro.

Durante mis años de colegio luché junto a otros dos de mi salón para que nos dieran pupitres para zurdos, con el descansabrazos del lado izquierdo, como correspondía. Nunca lo logramos. En mi colegio, que era de curas, todos los pupitres eran de derecha.

Soy zurdo, asumo, pertenezco al diez por ciento de la población que se cree más inteligente. Sé de memoria que zurdos nacieron personajes como Paul McCartney y Albert Einstein, Leonardo Da Vinci y Ned Flanders. Pero yo no soy ellos, yo pertenezco al 9,99% de los que somos comunes y corrientes, justo como cualquier derecho que anda por ahí, orgulloso porque el mouse del computador, los cuadernos de argolla y la palanca de cambios del carro fueron hechos para ellos.

Recuerdo un año nuevo durante mi adolescencia en el que un primo que tenía una pistola la disparó al cielo, para celebrar, y luego me preguntó si quería hacerlo yo también. Fue la única vez que disparé un arma y me alegró ver que por instinto la cogí con la derecha. Ese día supe que, de matar a un hombre, lo haría con mi mano menos preferida y que así, al ser reconocido por los otros como zurdo, no me acusarían del crimen. Ese día dejé de ser un zurdo a secas y me convertí en un personaje siniestro.

Isabella Santodomingo toma Diletto

No me pregunte dónde lo aprendieron, pero los publicistas tienen claro que usted y yo poseemos una mente básica. Por eso, en lo que Álvaro Uribe tarda en asilar gente en el exterior ellos nos venden un montón de cosas, casi todas inútiles. Yo tengo en mi casa tres televisores y quince vasos que no necesito. Tengo catorce pares de zapatos y ochenta y siete de medias. Tengo tres Playstations y al menos veinte películas que no he visto y quizá nunca veré. Tengo un saca corchos y ni siquiera me gusta el vino.

Unos genios, decía, los publicistas, que al igual que los periodistas se dedican a decir mentiras, o a contar la verdad a medias, que viene siendo lo mismo. Ellos se inventan las campañas pero no se hacen responsables por la letra menuda, que es la que termina condenando al cliente. ¿Se ha dado cuenta de que las promociones de Condensa vienen en papel brillante, fino y multicolor, mientras que la factura en sí viene en papel mate, tosco, sin colores ni caritas felices?

Pero me estoy desviando.

El otro día me fui a escribir a una cafetería llamada Diletto porque no soporto trabajar desde la casa, ya que termino haciendo cosas que preferiría no hacer. Allí me encontré con que en su campaña publicitaria usan a varios personajes de la vida nacional tomando café en una taza blanca que en letras rojas dice Diletto.


Salen entonces en las pantallas del lugar, que suelen ser varias, grandes y planas, personas como Isabella Santodomingo en el programa de José Gabriel, que ahora está asilado en México en calidad de embajador, con la mentada taza de café, mientras el generador de caracteres bota la frase "Isabella Santodomingo toma Diletto".

Y así va la campaña, sucediendo imágenes de famosos. Primero es la Santodomingo y después puede ser el mismo Álvaro Uribe, una historiadora llamada Diana Uribe o los cantantes de vallenato Jorge Celedón y Peter Manjarrés, todos entrevistados por José Gabriel Ortiz. Aparece hasta Juan Carlos Lecompte, que hubiera podido ser primer damo de la nación si a Ingrid no le hubiera dado por separarse, primero, y pedirnos indemnización después.

Está bien que los humanos busquemos puntos de unión con los demás, y que los publicistas tengan claro que la fórmula para subir las ventas es decirle al hombre corriente que si obra como los famosos será como ellos, pero no deberían abusar. Sin ir más lejos, yo he hecho todo lo que está a mi alcance por dejar de ser esta persona gris que me tocó en suerte.

Uso el mismo champú que Cristiano Ronaldo pese a que cada vez que quiero patear un balón termino rompiéndole la canilla a alguien. Compré también los zapatos de Usain Bolt pero me cuesta trabajo correr tras el bus por las mañanas, y hasta uso la crema dental que promociona Agmeth Escaf. El otro día leí que la película favorita de Gustavo Cerati era Magnolia, que está entre mis preferidas también, y me sentí orgulloso sin saber por qué. Yo no soy argentino, no sé hacer canciones y mi cerebro funciona a las mil maravillas. Bueno, cuando se le da la gana.

El asunto es que se equivocan los creativos de Diletto al creer que voy a tomar café gracias a su campaña, porque yo nunca he querido hacer nada remotamente parecido a lo que hace Uribe. Tampoco me interesa ser como Celmira Luzardo, por ejemplo, que es la imagen de un pegamento para cajas de dientes llamado Corega.

Después de saber que Isabella Santodomigo y Peter Manjarrés toman Diletto, a la única taza que quiero aferrarme es a la del inodoro.

Torpe

Han pasado diez años desde la última vez que le escribí a una mujer, así que no sé cómo salga esto.

Es una buena cosa que no tengas la oportunidad de verme en mis malos ratos, como cuando me alimento cual marrano, con ansias y sin modales, como si alguien me fuera a quitar la comida; o cuando trato sin éxito de disimular mi insípida calvicie; o cuando me subo a un taxi y miro desesperado para todos lados, en particular a los gestos del taxista, convencido de que ahora sí me van a hacer el paseo millonario.

No has visto tampoco la cara que pongo en el banco, cuando desearía dispararle a todos, especialmente a los que hacen la fila para clientes preferenciales; ni la mueca de mí mismo que soy recién levantado; ni en domingo por la tarde, cuando desearía no existir pero debo conformarme con no bañarme.

Apenas si permito que me veas sentado frente al computador, escribiendo, que es lo único que medio sé hacer en esta vida, a ver si mi mejor pose logra convencerte, pero ni así.

Yo en cambio te he visto en asuntos tan mundanos como pedir almuerzo a domicilio, y debo decir que alcanzas insoportables niveles de adorabilidad cuando peleas con el que te toma la orden por no haberte ofrecido la promoción del día.

Tomo como señales los no más de tres gestos básicos que has tenido conmigo y que he ido tergiversando a conveniencia. Nunca he logrado entender cómo se pronuncia en italiano la cc, ni la ch, pese a que me lo han explicado varias veces; nunca se me olvidaría si tú me lo explicaras.

Me gustas tanto que si fuéramos niños y estudiáramos en el mismo salón viviría jalándote el pelo, volviendo nada tus cuadernos, e inventando variaciones de tu nombre que rimaran con desechos humanos. Te habría hecho llorar tanto que ya nos hubieran mandado al sicólogo: a tí por bajo rendimiento académico; a mí, para hallar el origen de mi naturaleza destructora. Mi torpeza para enamorar no ha cesado con los años y hoy trato de conquistarte con la misma sutileza que tendría un hipopótamo en una cristalería, solo que sin apelar al terrorismo sicológico.

Me gustas tanto que me bajas la líbido pese a encontrarte deseable en extremo. Me vuelves inapetente para el sexo tanto como me vuelves inapetente para la vida.

Pero cuando llega el lunes y leo en las noticias que una señora del DAS pidió asilo en Panamá, luego reviso el correo y veo que me han rechazado un artículo, y noto por último que estás agripada, no me queda otra que mandar este romanticismo de corto vuelo al carajo.

Un hombre cualquiera

Ignoro cómo opera mi memoria. Aunque soy incapaz de recordar cosas que pasaron hace dos meses, puedo evocar con increíble precisión algunas que ocurrieron años atrás. Tengo grabada, por ejemplo, una entrevista que le hicieron a Lady Noriega mucho antes de los canales privados. Recuerdo que pese a no ser una mujer bonita, no se había convertido aún en esa especie de monumento de la isla de Pascua que es ahora, con esa barbilla sorprendentemente cuadrada.

El hecho es que el entrevistador, que si no estoy mal era Jorge Barón, le preguntó por su peor defecto, y ella respondió con desparpajo que el perfeccionismo. Yo, que por entonces creía que el mal genio y la deshonestidad podían considerarse falencias, aprendí amargamente que querer hacer las cosas de la mejor manera posible era también una falla de la personalidad.

Voy a jugar a ser Lady Noriega, y a hablar de mis defectos sin caer en el error de aquellos para quienes ser demasiado generoso es una tacha. No, yo quiero hablar de rasgos que hacen que la gente te odie de verdad, no que te ame en exceso.

Yo soy tacaño, egoísta, vengativo, resentido, no me gusta bañarme, especialmente en domingo. Me saco los mocos en público, soy mal hijo y peor hermano. Soy un flojazo, conchudo, me gusta vivir de gorra, y como todo periodista que se respete, disfruto que me den cosas gratis. Digo mentiras piadosas para salirme con la mía, me cuesta serle fiel a una mujer. Soy mal amigo, mal bailarín, mal polvo.

Nadie que me conozca podría negar que soy desagradecido e ingrato. Me gusta robarme las pilas de los supermercados, soy clasista pese a no tener un peso, y racista aunque cargo en mi código genético cuatro tipos de sangre diferentes. Siento envidia de todo y de todos, pocas veces de la buena; no aguanto saber que hay alguien mejor que yo, ni soporto ver que a alguien le va bien. Disfruto hablar de mí todo el tiempo y me gusta ser el centro de atención, siempre.

Soy tartamudo, tengo cuerpo de pera y cuando subo de peso parezco una señora gorda, aunque no sé si esa clase de cosas puedan considerarse defectos.

Dicen que uno no debe hablar mal de los muertos, pero yo encuentro muy conveniente destrozar la honra de las personas cuando ya no pueden defenderse. Dicen también que no está bien sentir lástima por la gente, pero lástima es lo primero que siento por todos ustedes. Por todos nosotros.

Juzgo a las personas por su apariencia física y/o por su dinero, y sólo me hago amigo de aquellos de quienes puedo obtener algo. Soy obstinado, testarudo, manipulador, siempre tengo que salirme con la mía. Me considero un infeliz, por lo que no soporto ver feliz a la gente.

Soy adorable a un nivel superficial, pero en mis profundidades soy insufrible. Sé que nadie podría soportarme más de un mes seguido y que voy a morir solo, pobre y olvidado, de una manera fea. Supongo que lo más fácil será culpar de todo a mi madre.

Debo decir, para cerrar el círculo, que mi memoria a corto plazo es un desastre, y que me considero peor ser humano que Lady Noriega, aunque mucho mejor persona que Lady Gaga. Soy Lady Noriegaga.

Publicado en laRevista Cartel urbano. www.cartelurbano.com

Lo normal y lo anormal

Hago mercado en Carulla no porque me seduzca su política de ponerle precio a las frutas como si viviéramos en Japón, sino porque siempre he tenido uno cerca.

Fui el sábado porque tenía la despensa vacía y salí sin comprar nada, indignado por no haber encontrado limones ni salchichas de ternera. Soy muy impulsivo, capaz de romper algo contra una pared y lamentarme montones segundos después. Rumbo entonces a un Colsubsidio me di cuenta de lo malcriados que estamos: consideramos normal encontrar en una construcción de cemento en el centro de Bogotá productos que solo se producen a cientos de kilómetros, cuando en realidad es perfectamente anormal dar con ellos allí. Lo lógico sería que quien quisiera un limón tuviera que ir al limonero más cercano, solo que la vida moderna nos tiene malacostumbrados.

Las cosas están tan al revés que hemos perdido la noción de realidad. No es normal que salga agua cuando abrimos el grifo, como tampoco es natural conectarnos al mundo apenas prendemos el computador, pero nos indignamos si no ocurre ninguna de las dos cosas. Para un bogotano es razonable dar con un trancón cada vez que coge la autopista al tiempo que esquiva vendedores ambulantes entre carriles, convirtiendo automáticamente en anormales a los alemanes, que andan por ellas a no menos de ciento ochenta.

Todo está tan desdibujado que ya no sabemos quién está en lo cierto. Creer en Dios, casarse por la iglesia, tener dos hijos, perro y la casa hipotecada es tan (a)normal como almorzar con un litro de Milo y quince salchichas Americanita (porque no hay de las de ternera), espiar a la prima cambiarse de ropa o morir asfixiado mientras se masturba, como le pasó al señor de INXS.

Con toda esta confusión ya no me parece anormal que los policías estén metidos en actividades delincuenciales, que los políticos parqueen sus camionetas donde quieran y que las pensiones de los colegios estén tan altas que valga más terminar la primaria que la universidad.

Así las cosas, normal es que un cuerpo armado que asesinaba gente se llamara Convivir, y que uno de sus impulsores haya sido dos veces presidente de Colombia. Lo anormal, en cambio, es volver completo a casa al final del día, con la tarjeta débito sin clonar y sin haber sido víctima del paseo millonario. Normal es la Coca-Cola normal, lo que significa que la Light y la Zero son dos rarezas imbebibles. Vaya habilidad tienen los de la mayoría para hacer sentir como un fenómeno a quien no obra como ellos.

Y todo esto que acabo de decir, solo para llamar la atención de una mujer que no me lee, no me pone cuidado y que, como es normal, está con otro hombre.

Sálvate tú, cuenta mi historia

El Mundo está perdiendo el tiempo en burocracias, y no me refiero a las estatales, acostumbradas a emplear cuatro personas en diligencias que podrían hacerse entre dos. Quiero decir que el fin del mundo es inexorable, y que cuando tratamos de evitarlo lo único que logramos es retrasarlo unos cuantos siglos, que en términos del Universo no debe ser más que milésimas de segundo cósmico.

Yo quisiera que a cambio de hacer campañas para salvar al planeta, pusiéramos todo nuestro esfuerzo en acabarlo rápido, para que sus hijos no tuvieran que sufrirlo. Y digo su hijos porque yo no pienso someter a una personita a que pase por lo mismo que nosotros hemos pasado.

Imagine la agonía que nos ahorraríamos si personas como los banqueros, los dueños de operadores celulares, los de los parqueaderos, la gente linda de restaurantes como Criterion, Club Colombia y Gaira, los muchachos de Salvarte, los que fijan los precios de los peajes de las carreteras y del metro cuadrado de la vivienda dejaran de aprovecharse de las personas con sus sobreprecios, y salieran directamente a la calle con un arma a dispararles.

En vez de tener tanta monja misionera y de construir correccionales para menores, de dar limosna y celebrar obras de beneficencia, de adelantar programas de salud y de rehabilitación de drogadictos, más nos convendría regalar pistolas y drogas, prohibir el uso del condón, emborrachar a los ecologistas y mandar de vacaciones a los médicos que buscan curas para enfermedades. Pierde el tiempo Ana Torroja apoyando una escuela de música en África, así como lo perdió Ghandi con su bonita campaña. No tenemos salvación.

Lo que necesita este mundo es más gente como Bush y como Uribe, como Chávez y como ese señor de Corea del Norte; gente obtusa, arrogante, con egos del tamaño del falo de una ballena y sin escrúpulos para ordenar matanzas. Mientras haya personajes así, cualquier esfuerzo de la gente buena equivaldrá a ponerle una curita a un enfermo de sida.

Lo único que podría salvarnos sería una epidemia masiva, una gran guerra que no deje vivos a más de unos cuantos miles, para que los que sobrevivan aprecien la valía de estar aquí. Lo demas son paños de agua tibia: una guerrita como la Segunda, con apenas cincuenta millones de muertos, no sirve para nada.

El asunto de todo esto es que me odio, me odio más de lo que siento lástima por mí. Me odio, y por eso lo odio a usted, porque somos iguales. Pero no me tome a mal, no soy pesimista, al contrario, le deseo lo mejor a la especie humana, le deseo lo mejor a usted. Lo quiero tanto que si lo tuviera al frente le pegaría un tiro.

La gente no quiere ir a trabajar

La gente no quiere ir a trabajar, contrario a lo que indica el espeso tráfico de la mañana. Me lo reveló sin darse cuenta una amiga que, aferrada a la toalla del baño a media noche, lloraba y decía una y otra vez que no quería ir a la oficina, con el mismo desespero con el que Leonardo Di Caprio repetía frases en El Aviador.

Mi amiga lo tiene todo para ser feliz, pero no lo es. Su sueldo tiene siete ceros a la derecha, pero ella no quiere siete ceros, porque tanto cero a la derecha han terminado convirtiéndola en un cero a la izquierda.

Parte del dinero que gana de lunes a viernes le sirve para comprar el licor que durante el fin de semana le hará olvidar quién es, aunque al final de la fiesta siempre termine recordando lo infeliz que se siente. Se trata de una de esas venganzas que terminan devolviéndose.

Y eso que a ella no le ha ido mal: no sabe lo que es trabajar por una fracción de su sueldo, hacinado en una oficina, oliéndole los pedos y tragándose las partículas del que está de al lado cada vez que éste tose. Y no crea que me he ido del continente: no hablo de una maquila de ropa en Tailandia, sino de una agencia de contendidos para internet en la calle ciento dieciséis, donde en una vieja casona donde antes vivían cuatro seres humanos de alta sociedad, hoy laboran sesenta de clase media.

La gente no quiere ir a trabajar, menos para las empresas de hoy, que exigen más que las de antes; que piden más a cambio de menos, que hacen contratos de mentira y se limpian las manos si a alguien le da una gripa; que ya no se conforman con que sus empleados sean eficientes, porque ahora tienen que ser, además de baratos, sumisos.

Lo que entristece es que uno se someta a todo, hasta a los polígrafos y las visitas domiciliarias, por el dinero. Yo he recibido dinero mal habido, producto de narcos, muerte y corrupción -como casi todos los colombianos-, y como todos ellos me he hecho el distraído porque lo necesito. Si me tomara el trabajo de rastrear su origen seguramente lo devolvería, no podría vivir con esa carga. Me he pasado la vida lavando billetes de cincuenta mil, dándoselos a mi madre a ver si ella puede darles buen uso.

Hoy, lunes festivo, atravesé la ciudad en contra de mi voluntad para ir a trabajar. La vida es una cosa triste; lo mismo debe pensar el que no tiene trabajo, pero cada uno a lo suyo, a sufrir por lo que le ha tocado en suerte.

Cuando uno no quiere ir a trabajar empieza a envidiar formas de vida inferiores, despojadas de toda responsabilidad y toda conciencia. De niño quería ser Superman y salvar al mundo, pero salvar al mundo es muy difícil cuando no se es capaz de salvarse a uno mismo. Ahora de adulto quisiera ser un gato y pasar el día entero saltando tejados sin caerme.

Depresión tributaria

Odio ser yo, económicamente hablando, debo aclarar. No es que deteste ser Adolfo Zableh, que es mucho mejor que lo que la gente cree. Quiero decir que ser Adolfo Zableh, persona natural, y no Adolfo Zableh, Sociedad Anónima, por decir algo, viene siendo una reverenda porquería.

Porque la persona natural es el último eslabón de la cadena alimenticia, el ser menos evolucionado de la pirámide económica. Cuando uno es persona natural se la montan por todos lados: le descuentan del sueldo lo de la EPS, la pensión, y si no se es empleado sino trabajador independiente, le quitan la retefuente, el ICA y además lo ponen a hacer fila para sacar el RUT.

Yo quisiera ser Adolfo Zableh, el banco, para poder vender un apartamento por encima de su valor, quitárselo después a la persona que no pudo pagar el préstamo, o comprarlo de nuevo a través de terceros a una fracción de su costo real. Pero soy Adolfo Zableh, el inquilino: cada tanto me llegan circulares diciendo que mi arriendo subió el tanto por ciento, al igual que la administración, y yo no tengo manera de refutar, de pedir revisión.

Sentado en mi casa llegan los recibos de servicio público y me encuentro con que subió el metro cúbico de agua y yo no me había enterado, que Codensa cobra más ahora por el kilovatio, y que la ETB, además de pedir más dinero por minuto consumido, añade una cosa llamada impuesto al deporte. Es decir, nuestros bolsillos se desangran y aun así nuestros deportistas no ganan más medallas de oro.

Un día de estos, para variar, me gustaría llegar a donde el director de un medio de comunicación a decirle que por políticas de Adolfo Zableh, la multinacional, los artículos que escribo ya no valen cincuenta pesos, sino cien, a ver cómo se me ríe en la cara.

Y aunque no se equivoca el que afirma que el problema de este mundo es la desigualdad, yo digo que la culpa de todo la tienen los asteriscos. Un vuelo a la costa que te venden por equis valor termina costando el doble por culpa del asterisco que sale al final de la promoción, junto a la letra menuda. Escudándose en el asterisco cobran el identificador de llamadas del celular, la cuota de manejo de la tarjeta de crédito, el retiro en el cajero con la débito, las transferencias internacionales. Uno, en cambio, persona natural, no puede quejarse –ya no digamos pedir una indemnización- por la vida que se nos ha ido en las filas de Comcel, en las filas de Bancolombia.

Si nos pusiéramos, calculadora en mano, a sumar todo lo que nos han cargado de más desde el comienzo de los tiempos, nos entraría una depresión que nos mandaría a la cama por el resto de nuestras vidas. Descubriríamos con horror que con esos pequeños extras nos habría alcanzado para una casa; casa que tarde o temprano nos hubiera quitado el banco.

Tengo una amiga que lleva meses en cama, deprimida, ella sí, por ser quien es. No puedo decir que la envidio, aunque al menos sufre como persona natural, que es lo mínimo que se le pide a un ser humano.

Un hombre decente

Me tiene aterrado lo violento que me he vuelto últimamente: me la paso en restaurantes de moda, en discotecas snobs, en almacenes de ropa que marcan tendencias, todos ridículamente caros. Cada vez que voy a un sitio de esos siento que estoy ayudando a la guerra en Colombia, a la injusticia del mundo.

He pagado mojitos de cuarenta y cinco mil pesos en Andrés carne de res; en Gaira me he tomado botellas de aguardiente de ciento diez mil y he pagado veinticinco mil de cover –no consumibles- para ver cantar a Guillermo Vives. Y yo creo que pagar tales precios –y ver cantar a Guillermo- en un país que tiene tantos desplazados como Sudán y está entre los de mayor desigualdad del planeta, es una desfachatez que merece cárcel.

En tales momentos, el enunciado que afirma que una mariposa que mueve las alas en un lado de la Tierra puede provocar un tsunami en el otro, más que una teoría se vuelve una verdad dramática. Un niño vietnamita es abusado sexualmente cuando compro unos guayos de fútbol, y si me tomo una Coca-Cola estoy contaminando un río vaya uno a saber dónde.

Los helados, quién lo pensaría, también tienen culpa en los males del planeta: el otro día fui a Carulla por un helado de chocolate como el que comía de niño, pero no pude encontrarlo. En su lugar, los gigantes mostradores exhibían sabores tan ridículos como Placeres de macadamia, Tiramisú veneciano y Vainilla bourbon, que cuestan más que el viejo y querido chocolate solo por ser “exóticos”.

Así las cosas, es imposible ser una persona decente, cada cosa que se haga aviva una flama en el infierno. Mientras se hace el nudo de la corbata para ir a la petrolera que le da trabajo y le permite mantener a su familia, un hombre puede haber decidido el aniquilamiento de toda una etnia en Nigeria. En ese orden de ideas, mi abuelo Camilo era un hombre íntegro, pero trabajó toda su vida en Ecopetrol. Yo, que lo amaba con toda la fuerza de mis seis años, ya no se qué pensar de él.

Aterrado por los invisibles hilos del mal que mueven a la humanidad, aborté mi sueño de conocer los parques de diversiones de la Florida porque me enteré de que hay personas que se dedican a cazar delfines que se parezcan a Flipper para venderlos a los acuarios, y que sacrifican a aquellos que no lucen igual a la fallecida estrella de televisión. No se sabe quién es más imbécil, si el hombre que los caza, o el consumidor que pide la devolución de la boleta porque no pudo ver a un animal que nunca existió.

Hace poco me invitaron a desayunar a La Bagatelle. Después de estudiar detalladamente la carta (viene en francés, con nombres en tal idioma para platos tan criollos como el caldo de costilla o el calentado paisa) pedí un croissant de catorce mil pesos. Ocho minutos después, tres soldados y siete guerrilleros cayeron abatidos en Putumayo.

Deberes

Usar casco en la moto y cinturón en el carro, visitar a los enfermos, saludar al portero, dar el pésame en los funerales y regalo en los cumpleaños, dejar el 10% de propina, tener sencillo para el taxi, pagar el impuesto predial y el de rodamiento, desconfiar de Uribe, no leer a José Obdulio, no hablar con la boca llena, meterse a la piscina una hora después de comer, pagar la luz antes de que se venza el recibo, decir la verdad, tener un árbol, sembrar un libro, escribir un hijo, querer al padre, perdonar a la madre, entender a las hermanas, caminar media hora todos los días, tomar agua, dejar la gaseosa, el cigarrillo, los dulces, chequearse la próstata, bajarle a la sal, afeitarse, podarse allí, cambiar las sábanas una vez por semana, donar las vueltas en Carulla, despreciar a la Santodomingo, a la Azcárate, a Fanny Lu, a Shakira, a Juanes, a Andrés López y al Padre Chucho, pagar el arriendo, hacer simulacro de terremoto, de bomba, de inundación, parecer inteligente en Twitter y sociable en Facebook (y no ser ninguna de las dos cosas), hablar mal de Samuel Moreno, comprar libros del Nobel de turno, ver Miss Universo, averiguar qué actrices son prepago, estar informado, sacar la nueva cédula, el Rut, el Runt, el pasado judicial, lavarse las manos antes y después de todo, estar al día con la EPS, tener celular, perder en los controles del aeropuerto la poca dignidad que nos queda, votar, comer verduras, casarse, separarse, estudiar por fuera, leer El Quijote, sonreír para la foto, usar condón, cruzar por la cebra, orinar con puntería, trabajar toda la vida para tener una casa con jardín.

Haga de cuenta que iba volando

Cada mañana me despierto sorprendido de lo buena persona que soy. Me echo flores por haber pasado otro día sin haber cogido a mi madre a golpes o haber asesinado a alguien. Cuando me cruzo con una mujer en la calle me dan ganas de devolverme y pedirle que me agradezca por no haberla violado, que sería lo lógico tratándose de mí.


Vivo con eterno cargo de conciencia pese a no haber hecho nada malo, al menos nada que amerite cárcel. Siempre espero lo peor, desgracias y castigos, nunca lo bueno, nunca una felicitación, un regalo. No espero que me perdonen nada en esta vida. No creo que soportaría la presión de ser político y haberme robado mil millones de pesos; terminaría suicidándome, o entregándome a la justicia. Suicidándome, seguramente.


Esto viene a que la semana pasada me invitaron a España para presenciar la firma de un acuerdo de patrocinio entre una gaseosa y el FC Barcelona, elegido hace poco como el equipo de fútbol más popular del mundo. Cuando anuncian que el Barcelona va a firmar con una gaseosa, todos pensamos en alguna que hayamos tomado toda la vida.


Nunca imaginaría uno que se trata en realidad de Big Cola, una gaseosa de origen peruano fundada por una familia humilde, los Añaños, hace veinte años cuando la violencia y la pobreza tenían aislada a su región, Ayacucho. Diez años después de embotellar bebidas de maneras artesanal, Big Cola ya era multinacional, y hoy está en once mercados -Vietnam y Tailandia incluidos- y produce también jugos, agua y bebidas hidratantes.


El viaje fue a todo dar, con hospedaje en hotel cinco estrellas, comidas para reyes, visita al museo del Barcelona, invitación a ver el juego contra el Mallorca y la presencia de varios periodistas de prestigio entre los que, inexplicablemente, logré colarme. Sin embargo, lo que más me impresionó de todo fue haber viajado en primera clase, y lo mal que me sentí por ello.


Cuando viajas en ejecutiva por primera vez, te preparas como si fueras a ver a la mujer de tu vida. Esa mañana me afeité, me aplique aftershave, talco en los pies, perfume en el cuerpo y escogí mi mejor ropa. Es decir, lo que nunca hago.


Durante las casi once horas de vuelo no hice sino detallar todo y retorcerme del dolor de estómago que me producía recibir tantas atenciones, porque cuando viajas en primera te tratan como si fueras mejor persona que los que van en económica, cuando la realidad es que solo tienes mas dinero, o alguien ha pagado el pasaje por ti.


En primera clase los cubiertos son de metal y la vajilla de verdad, no de plástico. Desde que te sientan te llenan de champaña, vino, vodka y whisky 18 años. Muchos ya lo saben, varios me lo habían contado, pero yo tenía que verlo con mis ojos. Yo no acepté nada porque nada merezco, y por solidaridad a los que viajaban en económica, que es a donde pertenezco. Mientras los otros pasajeros se llenaban de licor, yo solo pedía agua, con hielo pero sin rodajas de lima limón, para no olvidar de dónde vengo.


Primera clase es un inmenso salón para no más de cuarenta personas y el espacio entre silla y silla es tal que para alcanzar el menú que está en el espaldar de la del frente hay que ponerse de pie. De entrada dan frutos secos, aceitunas, consomé de ternera y nunca faltan las toallitas, ya sean secas o húmedas, calientes o al clima, para que limpies tus manos cada vez que entran en contacto con algo. La cobija y la almohada son de mejor calidad que la de un colombiano promedio, los audífonos para ver películas no tienen nada que envidiarle a los de un productor musical tipo Quincy Jones. Los baños tienen crema humectante, jabones especiales con menos glicerina y arreglos florales junto al espejo.


Dan también un kit que viene en bolsa de cuero y tiene protector de labios, crema y cepillo de dientes, atomizador con agua, protectores de oído, toallas húmedas especiales para la cara, un calzador, una peinilla (yo no me peino desde el 94) y hasta un par de medias color café de lo mas bonitas. A la mesita portátil le ponen mantel y nunca hacen falta las viandas tipo jamón, queso y tomate con aceite de oliva. También hay fruta fresca, realmente fresca, y pan tan caliente y suave que pareciera que el avión tuviera horno propio.


El menú lo hace un tipo que fue premio nacional de gastronomía e incluye solomillo de novillo con castañas y salsa de vino, merluza en salsa de espinacas, o macarrones con jugo de carne y hongos portobello. El postre es creme bruleé o un tarro de Haagen Dasz para ti solo.


Yo comía feliz, pero sufría. Me entraba sentimiento de culpa pensando en la gente que iba en económica, sin pantallita personalizada para ver películas, con audífonos baratos, con comida de menor calidad acompañada de pan duro y viejo. Cada tanto me iba a la parte trasera, abría la cortina y los miraba para saber cómo me iba a ver yo la próxima vez que me montara en un avión. La vida es una mierda.


Yo no merecía tal tipo de atenciones. Ni yo, ni los que iban conmigo. Los de económica tampoco, hay que decirlo, porque apenas dejas de ser una persona de pueblo y adquieres poder y privilegio, tiendes a convertirte en el mismo cabrón que los que ya los tienen. La gente que viaja en primera recibe con avaricia todo lo que les dan. Se les nota la codicia, el hambre, las ganas de vengarse por todas las veces que viajaron en económica. Por culpa de las clases en los aviones es que hay guerras en el mundo.


Cuando viajas por primera vez en primera clase no quieres que nadie se de cuenta, así que piensas bien cada cosa antes de hacerla. Miras reflexivo y estudias la forma más natural de pedir tu selección del menú, o cómo vas a manejar el juego de salero y pimentero personalizado que te dan. Y crees además que todos los que van contigo son unos expertos en eso de volar en primera y que el único debutante eres tú.


Mi compañero de silla, de hecho, se veía bastante confiado. Nunca se tropezó ni regó una gota de nada, y manejaba a la perfección las mil posiciones automáticas de la silla -una poltrona tipo sillón del abuelo que se convertía en cama- incluso la opción de masajes que yo nunca usé por pena a preguntar cómo se activaba.


Dormí mejor que en mi cama, y caí tan profundo que alcancé a soñar que iba de público al programa Comediantes de la noche, de RCN: ese fue el único punto negativo de todo el viaje. Cuando me desperté me puse a pensar si los Añaños -que hoy tienen para comprar su propio avión- padecieron lo mismo que yo la primera vez que montaron en ejecutiva. Luego rogué para que el avión no se cayera y así poder contar mi historia; el avión en el que yo viajo es el que se va a caer, siempre. Y pese a mi sufrimiento por tanto abuso del lujo, al final lo mejor de volar en primera clase es que nadie aplaude cuando se aterriza en Bogotá.


Gracias por viajar con Iberia, no enciendan sus celulares hasta que las puertas del avión hayan sido abiertas.

Siempre lo quise decir

Luchamos sin éxito toda la vida contra nuestras secreciones aplicándonos cremas, perfumes, jabones. Al final somos mierda, semen, sangre, mocos, sudor y orines.

Suelo mirar las fotos de las cumbres de presidentes de hace cinco, veinte, cuarenta años, en las que salen sonrientes y alzando los brazos en señal de victoria, para tratar de entender qué celebran.

Lo que hay que hacer para combatir la pobreza es combatir la pobreza, en lugar de organizar partidos de fútbol de caridad, desfiles de caridad, cenas de caridad con millonarios que, tras pasar un buen rato, tiran las sobras a unos cuantos muertos de hambre.

No soporto a la gente que se cepilla los dientes en el baño de la oficina. Cada vez que descubro a alguien en esas, entro intencionalmente a cagar para dañarle la experiencia.

Tengo un juego: hojear la TV y Novelas para imaginar con quién me acostaría. La principal regla es que sólo puedo elegir a una sola actriz por página, así que casi siempre me toca descartar las fotos de muchas. Johana Bahamón sale elegida casi siempre, mientras que a Carolina Ramírez no le he tocado ni un pelo. La única invicta hasta ahora es Verónica Orozco. Al terminar de mirar la revista, resulto teniendo sexo con no menos de sesenta bellas y famosas.

No sé por qué cuando voy a pagar los servicios públicos al Citibank me piden que escriba mnombre y mi teléfono en el recibo. Como odio a los bancos y no les voy a dar el gusto de que me controlen más, siempre pongo un número de teléfono cualquiera y firmo como Raúl Higuera, un fotógrafo de modelos.

Me desilusiona tremendamente la especie humana. Pero lo que más me decepciona es ir a un restaurante y que al momento de pedir una Coca-Cola el mesero me responda que sólo tienen productos Postobón.

Si la Nasa quiere llegar a otros planetas y evitar que sus naves se sigan cayendo, debe dejar de contratar colombianos.

El gobierno debería poner bouncers en las playas, como si se tratara de una discoteca, para ahorrarnos el martirio de ver tanta gente desagradable ligera de ropas.

Aún no me repongo de que en Carulla vendan un té marca “Diosa”. ¿Té Diosa? Qué tedio de bebida.

Sigo viendo el correcaminos a ver si un día de éstos el coyote lo alcanza. Hago lo mismo con el partido Italia – Brasil de España 82, con la ilusión de que Junior se acuerde de salir de debajo del arco y deje en fuera de lugar a Paolo Rossi en el tercer gol de los italianos.

Me siento incapaz de ver a alguien salir de una piscina y fumarse un cigarrillo mientras aún le escurre agua.

Sueño con encontrar una mujer con el físico de Gisele Bundchen, la inteligencia de Einstein, la actitud pacifista de Ghandhi, y que además sea huérfana, millonaria, bisexual, fanática del sexo **bleep** y admire a Tom Waits, así no le gusten sus canciones.

De no existir tal ser humano, me conformaría con Zooey Deschanel así tal cual es.

Cada día me parezco más a mi padre, pese a que he hecho todo lo posible por no convertirme en él.

Vivo en un quinto piso, rodeado de edificios, y tengo unos binoculares que me regalaron. Me prometí espiar a los vecinos a ver si daba con una mujer quitándose la ropa, pero nunca lo he hecho. Antes vivía en un piso dieciocho y tampoco lo hice.

He visto trece veces Goodfellas, mi película favorita, pero nada supera la primera escena de Atonement, donde la cámara muestra a Briony terminar su primera obra de teatro y recorrer toda la casa para mostrársela a su madre, que está en el estudio.

Me desagrada encontrarme colombianos en el exterior porque me siento de mejor familia que ellos, cuando la verdad es que la mía es más caótica que la familia Manson.

No sé por qué siempre me ha gustado el Tottenham Hotspur, equipo inglés con mayoría de hinchas judíos. Qué pensaría de eso mi abuelo, un palestino dueño de fincas que marcaba su ganado con una esvástica de hierro hirviendo.

Soy incapaz de meterme con una mujer porque temo conocer a una como mi madre, que haga mi vida miserable.

Tengo la costumbre de leer el periódico con al menos quince días de atraso. Un diario es mucho menos estresante cuando las noticias han caducado.

Publicado en laRevista Cartel urbano. www.cartelurbano.com

Señora Patricia

Estoy en mi casa y suena el teléfono, son los de Telmex. Solo llaman a cobrar, o a ofrecer la televisión avanzada de doscientos canales, en lugar de la análoga que tengo en casa, de apenas setenta. El apenas es un decir, yo con veinte canales tengo y me sobra.

Cada vez que llaman a recordar que la factura está a punto de vencer entro en pánico –así ya haya pagado- y paso el resto del día amargado, paranoico, como cuando alguien va en un bus repleto y cada dos minutos se toca el bolsillo donde guarda el celular, esperando no encontrarlo allí.

El asunto es que del otro lado, un operador me ofrece un plan de televisión digital, internet y canales de cine por apenas treinta mil pesos más que lo que pago ahora. Es la tercera vez que llaman a ofrecerme la promoción, y es la tercera vez que la rechazo. Matemática pura: Carlos Slim no se convirtió en el hombre más rico del mundo regalando cosas. El mexicano de los sesenta mil millones de dólares ha amasado su fortuna a fuerza de sacarle a tipos del montón, como usted o como yo, quince dólares por acá, diez más por allá, y así sistemáticamente.

Me niego entonces a hacer más millonario a un millonario, con la certeza de que tengo todo para perder, y que Slim buscará la manera de sacar dinero de otros lugares. En lo que yo me demoro escribiendo esta línea, el hombre ingresa miles de dólares que sus bisnietos no alcanzarán a gastarse.

Yo resisto desde mi televisión arcaica, y él me presiona sustituyendo canales: Cine Latino en vez de TV5, Utilísima en lugar de la BBC, y un programa de personas de la tercera edad haciendo aeróbicos donde antes estaba People & Arts. Yo no se si el hombre más rico del planeta compró TV Cable con la firme idea de volverlo una porquería en servicio al cliente y de dinamitar la parrilla de programación, pero ahí va.

Mi aguante iba bien hasta que quitaron TyC, de lejos el mejor canal de deportes. Mientras ESPN y Fox Sports entretienen, TyC culturiza (con el perdón de Gloria Zea). Ahí perdí el control y, con esta furia interna que no se de dónde nace, me dirigí a la oficina de Telmex más cercana con la intención de armar una escena tipo Señora Patricia, o en un giro dramático lleno de poesía, de emular a Michael Douglas en Un día de furia.

Me presenté con libreta en mano y cara de malo, dispuesto a anotar todo, desde los cuarenta minutos de espera, hasta la respuesta que me dio el representante de servicio al cliente, una enredada excusa que concluyó en que todo se debía a una negociación de licencias. Llegué con el alma indómita dispuesto a hacer respetar mis derechos, pero terminé convencido de que la mejor decisión de vida era comprar un paquete que incluía, además de TV avanzada, internet y canales de cine, una línea telefónica con llamadas locales ilimitadas. Debo aceptarlo, Slim es un monstruo al que dan ganas de regalarle dinero.

Me deprimí tanto que en el regreso a casa me compré dos litros de helado de chocolate -mi preferido- y me los comí frente al sofá del estudio viendo Teleamiga, canal 70. Después de comprobar que soy débil de carácter, y sabiendo que perdí TyC para siempre, me queda el consuelo de ser el Señora Patricia de la letras colombianas.

Ahora solo resta aferrarse a Telecaribe.

El sexo está sobrevalorado

El sexo es una de esas cosas que están sobrevaloradas, al igual que viajar, el fútbol, la comida de autor, Lady Gaga y los escritores. En el sexo está el 50% de nuestros problemas (la otra mitad está en el consumo de aguardiente). El sexo es deseo, y cuando uno deja de desear la vida resulta siendo una cosa sencilla.

Por razones que no vienen al caso, he tenido sexo solamente en cuatro ocasiones durante los últimos dos años, siempre en contra de mi voluntad. Disto de ser tan irresistible como para ser acosado, las veces que pasó me encontraba en el punto que si no fornicaba con la mujer de turno iba a quedar muy mal parado.

El asunto es que cuando se deja de desear (un carro nuevo, un plasma 52”, un polvo con la compañera de oficina) se piensa con una claridad insospechada. El sexo es lo que ha hecho del mundo un caos. Por el sexo hay guerras y hambrunas, injusticias y traiciones. Por culpa del sexo existen Benedicto XVI, Kim Jong Il, Andrés López, Alejandra Azcárate y Fanny Lu. El sexo es bueno, pero tampoco como para traer al mundo a cada engendro del demonio.

Además es lo más caro de la vida, en especial cuando no se tiene con prostitutas sino con damitas de clase alta, que en lugar de cobrar por coito van endeudando al personaje con algo nuevo cada tanto: una casa, el colegio de los niños, las vacaciones familiares, los almuerzos con los suegros; vínculos indisolubles que hacen que la cuenta nunca se salde.

Consciente de eso, he ido renunciando a él. He evadido polvos seguros por ver una película, jugar fútbol o simplemente quedarme en casa un sábado en la noche, conformándome con saber que hubiera podido tener a (casi) cualquier mujer. La situación me hace sentir moralmente superior al resto de los mortales pese a ser un humano de porquería.

Lo que me sorprende es que ahora resulto elegible para mujeres que hace quince años ni me escupían porque se desvelaban por estar con el más popular, el más exitoso, el de mejor situación económica. Ahora que llegaron los treinta, las quedadas y las separadas me encuentran deseable por ser de lo más decente (nada del otro mundo, eso sí) que ofrece el mercado de solteros. Soy una especie de último recurso, y en venganza no me me voy a acostar nunca con ninguna de ellas, básicamente porque soy un resentido.

Sobrevalorado, decía, está el sexo, que nos hace perder la cabeza. Por su culpa me enfrasqué en la vorágine de acostarme con una serie de mujeres que en cantidad equivalen a toda una promoción del Gimnasio Femenino, pero que en calidad no clasifican para intestino delgado de Verónica Orozco. Sobrevaloradas también las empanadas de Andrés D.C., que hacen que productores de cine rompan botellas en las caras de las periodistas.

Básicamente renuncié al sexo porque me asquea intercambiar fluidos con terceros más de lo que me asquea el tema de las empanadas. Eso sí, debo declarar en honor a la verdad que desde entonces me masturbo más que un preso.

Coherencia en el discurso

Lo más difícil de esta vida es tener coherencia en el discurso, que no es más que hacer y decir exactamente lo que se piensa. No faltará el que diga que lo mas complicado es construir cohetes para llegar a la luna, sacar adelante una familia con los sueldos de hoy, o trazar una línea recta sin ayuda de una regla. Todos tienen razón.

Yo no entiendo, por ejemplo, que se refieran a las participantes de un reinado como Señorita Esto o Señorita Aquello, siendo que casi ninguna es virgen. Tampoco asimilo que las mujeres empiecen a copular a los dieciséis para después casarse de blanco a los veintiocho.

Carecer de coherencia en el discurso es que John Travolta se case, tenga hijos y luego se descubra que durante años engañó a su esposa con varios hombres. Me pregunto qué tendría que decir César Gaviria al respecto.

Falta de concordancia entre lo que se dice y lo que se es consiste en que Barack Obama reciba el Nobel de la Paz y días después mande treinta mil soldados a Afganistán. Y de alguna manera son incoherentes también los que condenan el aborto pero después no dicen nada cuando uno de esos soldados cae liquidado por una bala. ¿Censurar el aborto no es una arista apenas de defender la vida a ultranza?

Incoherente Dios, que dispuso que Stephen Hawking fuera una de sus mejores creaciones, pero al mismo tiempo lo mandó a podrirse en una silla de ruedas sin poder hablar ni moverse. En venganza, Hawking dijo que Dios no había creado el Universo, y días después el Todopoderoso le calló la jeta mandando una misteriosa bola de fuego sobre el cielo santandereano.

Un discurso incoherente es el de aquel político que aparece en el noticiero del mediodía censurando el tráfico de drogas, pero que a la noche se va a una fiesta a aspirar cocaína. Pasa mucho, pero no tengo pruebas. Hay periodistas que desde sus medios de comunicación dicen lo mismo que el político pero son tan adictos a la droga como él.

Falta de congruencia la de esa actriz que un buen día decidió llamarse Lorna Paz para no ser estigmatizada como hermana de Angie, nos acostumbró a todos a llamarla así, y otro buen día, años después, dispuso que quería volver a ser Lorna Cepeda.

Incoherentes las entidades financieras que lloran por la crisis mundial pero muestran ganancias en sus balances, e incoherente también la guerrilla colombiana, que pese a estar acabada como afirma el comandante de las Fuerzas Militares, es capaz de matar a veinticinco uniformados en una semana.

Incoherente yo, que odio la vida pero quiero vivir para siempre, que no me gusta U2 pero creo que Achtung Baby es uno de los mejores álbumes de rock, y que considero a Antes del atardecer como una película mediocre pero no puedo parar de verla.

Acá el único coherente es Juan Manuel Santos, que desde antes de los catorce años afirmaba que iba a ser presidente de este país -sin saber bien por qué o para qué-, y que mal que bien cumplió su palabra.

Yo, siguiendo su ejemplo, quiero declarar que compro por un dineral camisetas de fútbol hechas en países de mano de obra barata.

A mí, la verdad, me tiene sin cuidado que un niño indonesio se muera de hambre, trabaje por un dólar al día y sea abusado sexualmente por sus superiores; a mí lo único que me importa es que, llegada la hora del partido, todos admiren mi flamante camiseta del Celtic.

Ah, y estoy a favor del aborto, no así de la guerra. Coherencia en el discurso.

Aquí no pasa nada

Cuando alguien se va de un lugar por mucho tiempo guarda la esperanza de que a su regreso muchas cosas (las malas, ojalá) hayan cambiado. El asunto es que llegado el momento de volver se descubre que todo sigue igual y que nadie tiene nada que contar.

Pisé Colombia la semana pasada luego de tres meses de haberla abandonado a su suerte, y noto con igual dosis de agrado y pavor que está justo como la dejé.

Mis amigos mantienen sus buenos empleos, sus altos sueldos, sus lindas esposas y continúan aburridos de la vida, envidiando la mía sin que yo -que ansío la de ellos- entienda bien por qué.

Los policías andan todavía de a dos en las motos, haciendo mas difícil la dura tarea de perseguir ladrones. No hemos aprendido a usar las glorietas ni las escaleras eléctricas. Los conductores siguen tirándole el carro a todo peatón que intente cruzar la calle, y cuando no alcanzan a amenazarlo con atropellarlo, lo encienden a pito. La diferencia entre un simio y un ser humano es que el primero se agarra al pito una vez lo descubre y no lo suelta jamás, lo usa como un arma. Este país está lleno de simios con licencia de conducción.

Vicky Dávila no ha abandonado ese gesto ridículo cada vez que abre La Cosa Política, y los noticieros insisten en gritar los titulares en vez de anunciarlos. Ellos, los noticieros, siguen presentando notas tontas de hinchas a la salida de los estadios y en lugar de reseñar el retiro de Armando Benedetti de la vida pública para el bien de todos, registran su ascensión como Presidente del Senado.

A falta de un animal mejor, los costeños seguimos comiéndonos a las burras, al tiempo que los niños bien de Bogotá mantienen la costumbre de decir “huevón” cada tres palabras. El hueco de mi calle sigue ahí, Seinfeld se aferra a su horario de las seis de la tarde en Sony, en la tienda de la esquina la Jumbo Jet de 100 gramos cuesta tres mil pesos aun, e increíblemente a la gente le sigue gustando las achiras.

El servicio al cliente continúa siendo una porquería: Avianca no encuentra señales de un pasaje nacional que compré en mayo, y lo mejor que puede hacer por mí es decirme que vaya hasta la oficina del aeropuerto, donde lo compré, para ver si logran dar con él, mientras que Comcel pretende cobrarme en una sola factura una cifra similar a la que consumiría en 130 meses de celular. El caso está en estudio y no tengo ninguna esperanza de ganarlo.

La mujer que hace el aseo en mi casa sigue siendo tan bien intencionada como torpe y botó todo lo que tenía en la nevera porque pensaba que estaba vencido, aunque debo reconocerle que no robó. En la casa de mi padre en Barranquilla cortaron el palo de mango porque estaba dañando los cimientos de la construcción en lugar de dar mangos. Nada cambia; cuando volví del mundial pasado habían quitado el de guayaba por la misma razón.

En mi edifico no han acabado las obras de impermeabilización que empezaron en enero y que iban a durar tres meses, y ayer noté que todavía siento algo raro cada vez que me cruzo con la del 601, una señora tan madura como deseable, madre de una hija que por edad podría salir conmigo.

Ahora debo irme; en estos tres meses el del 402 no perdió la costumbre de hacer fiestas hasta tarde entre semana. Voy a sapearlo con el portero antes de que haga sonar Mujeres divinas por enésima vez. Si no se calla le llamo a la policía, que seguramente mandará a dos de sus agentes en una 125 c.c.

Cataluña, Catalunya



















Cataluña no quiere seguir siendo España y claramente no hace parte de Francia, pero está a mitad de camino entre uno y otro, hasta en el idioma. Qué difícil resulta ser catalán.

Esa búsqueda de identidad entre lo que no se es y lo que se quiere ser confunde a todos, incluso a los que no tenemos que ver en el asunto. Yo crecí creyendo que en España existía una provincia llamada Cataluña donde se hablaba nuestro mismo idioma, y ahora resulta que se escribe Catalunya y que los letreros están en catalán y no en castellano, que es como los nacidos acá llaman a lo que nosotros conocemos como español.

La lección la aprendí un día que entré a una librería y el empleado me dijo que el libro que quería estaba en catalán y en castellano. Yo le respondí que lo prefería en español, y él, sin perder la compostura para no perder la compra, me explicó que el español no existía, que lo que yo hablaba era castellano. Trató de hacérmelo entender con el siguiente ejemplo: en Colombia nuestros indígenas no hablan un idioma llamado colombiano, sino diferentes dialectos, y que en España ocurría lo mismo. Yo le respondí que me costaba entenderlo porque los conquistadores españoles (aragoneses, madrileños, andaluces y catalanes también) los habían matado a todos antes de que yo naciera.

Acá los toros están prohibidos porque la fiesta brava no es fiesta catalana, y tan hondo es el problema de identidad que las escaleras de varios de sus edificios huelen a París. Lo único que por ahora une a Cataluña con el resto de España es la peculiar manera en que muchas de sus mujeres llevan el copete: capul cortado al ras.

Es una expresión mediocre decir que Barcelona es una ciudad mágica, pero no por eso deja de ser cierta. El tiempo se detiene de tal manera que se te pega a la piel; acá no pasa nada, pero pasa de todo. Muchos dueños de negocios lo saben, por eso los cierran para irse de vacaciones y lo anuncian con improvisados papelitos escritos a mano y pegados en las vitrinas que dicen –en catalán, por supuesto- que regresan el 31 de agosto.

En el verano solo dan ganas de ir a la playa hasta las nueve de la tarde y tomar cerveza. Para lo primero basta con ir a La Barceloneta, o echarse el viaje hasta Sitges, lugar donde se firmó el Frente Nacional, y que hoy es paraíso de drogas, prostitución y homosexuales. Para lo segundo están los inmigrantes pakistaníes, llamados pakis (despectivamente y no por cariño, aunque suene tierno), que las esconden en paquetes de seis latas en las alcantarillas para venderlas al menudeo a escondidas de la policía.

Antes de beberla, la gente limpia precavidamente el envase porque no se sabe qué tipo de cosas puede guardar bajo el asfalto una ciudad tan antigua. Se trata de una bebida mágica que podría costar millones por el solo hecho de estar casi congelada pese a salir del subsuelo, pero que paradójicamente cuesta apenas un euro.

El centro de tan bizarra actividad es la plaza George Orwell, en el barrio gótico, llamada así en honor al escritor inglés que peleó en la Guerra Civil Española, pero conocida, esta vez sí de cariño, como plaza del tripi. Allí conviven en sorprendente y tensa armonía drogadictos, okupas, turistas y habitantes de la ciudad que solo buscan irse de fiesta. En los balcones de los edificios que rodean la plaza cuelgan letreros pidiendo a gritos un barrio digno: Volem un barri digne, proclaman.

No se ve por allí a los catalanes pijos. Ellos salen de fiesta casi de madrugada y se mueven en otras áreas de la ciudad, rara vez pisan un sitio turístico. En La Rambla, donde los turistas somos una plaga, los almacenes venden sombreros mexicanos porque muchos estadounidenses preguntaban por ellos. A costa de seguir enredando la identidad de toda una región, los negocios empezaron a venderlos pese a que Tijuana está a miles de kilómetros.

Esta ciudad es señorial, mezcla de pueblo y gran metrópoli, donde lejos del circuito turístico se pueden ver calles tan angostas que no cae el agua cuando llueve, cuerdas que van de balcón a balcón para que la ropa se seque más rápido y señoras enruladas como si a la noche tuvieran una gran fiesta. El asunto es que pareciera que nunca se quitaran los rulos, igual que Doña Florinda.

Cada construcción, por pequeña que sea, rinde tributo a la personalidad catalana. Recorrer bien este lugar significa indignarse porque un grande como Woody Allen no le hizo justicia en Vicky Cristina Barcelona, y peor aun, que por tan mediocre película Penélope Cruz se ganó un Oscar.

Ciudad rara. Es aparentemente de izquierda, pero su opulencia se ha logrado con una que otra idea venida del lado derecho, especialmente en lo económico. Al presidente de Cataluña, José Montilla Aguilera, sus gobernados le critican más su imperfecta pronunciación del catalán que muchas de sus medidas de gobierno. En sus calles hay tantas camisetas del FC Barcelona como turistas gringos. De haber sido catalán, me habría hecho seguidor del Espanyol porque creo que hay algo de dignidad en hacer parte de la minoría y mucho de vil en simpatizar con el poderoso.

Aquí es ilegal estar desnudo en vía pública, pero la ley no contempla como desnudez andar por ahí sin ropa pero con zapatos. Hay un hombre que se sabe la regla al pie de la letra y se pasea por la playa solo con zapatos y gorra. Está lleno de canas, tatuajes y exhibe una mondá que dejaría en ridículo a Faustino Asprilla (adjunto foto). Algunas mujeres hacen cara de oh dios mío cuando se lo topan de frente, las locales ya no se sorprenden, y los turistas le toman fotos mientras él posa feliz para las cámaras.

Quien llega a Barcelona nunca más la olvida así jamás regrese. Yo tomé del agua de la Fuente de Canaletas porque se dice que quien bebe de ella, vuelve. Y yo quiero volver, siempre. Esta es la casa de Serrat y Gaudí; de Messi, las Fiestas de Gracia, la Sagrada Familia y los Castells; de Miró y Vila-Matas. Pero Barcelona es sobre todo el sitio donde cervezas a un euro salen de las alcantarillas, y donde existe un hombre capaz de hacer llegar al orgasmo a la hermana gorda de Moby Dick.

Lo que hay que ver en Madrid

España tiene al equipo campeón del mundo y al 20% de su población económicamente activa desempleada.

Es quizá una tara mía creer que quien se va de Colombia para llegar a Madrid en realidad no ha salido del país, y que irse de un lugar de habla hispana a otro es lo mismo que quedarse en casa. En esta ciudad todos los días son de largas filas en el consulado colombiano, y mientras se espera de pie se puede comprar pan de bono y arepa para calmar el hambre. A eso me refiero.

Poder y pobreza mezclados, acá se pasa del Palacio Real, el más grande de Europa Occidental y sede de las ceremonias de la monarquía, a ver a pocas cuadras a personas que llegaron como turistas un día y se quedaron como pordioseros, porque Madrid vive de fiesta las veinticuatro horas y siempre hay uno que otro que no se sabe controlar. Cerca de Chueca, fortín gay, un hombre pide limosna y en el vaso de plástico donde recibe las monedas hay siempre un cuarto de dólar canadiense, para atraer el dinero.

España nos abre la puerta a todos, pero uno no deja de sentirse como el hijo bastardo que no es del todo bien recibido cuando llega a casa de su padre (o de su madre, patria en este caso). Medio millón de colombianos, otros tantos ecuatorianos, peruanos, bolivianos, no todos son iguales acá; a Europa se trajeron su familia, sus ahorros y también las divisiones sociales. Un bogotano que llegó con la visa de trabajo debajo del brazo no necesariamente trata con especial cariño a la indocumentada llegada de Armenia por el solo hecho de ser compatriotas.

En este desierto urbanizado el aire es caliente y estático durante el verano, y el calor sale de todas partes, incluso (o especialmente) del suelo. Media China se vino a vivir acá y vive de ofrecer masajes callejeros, trabajar en restaurantes y tener tiendas donde venden gaseosas a noventa centavos y grandes cajas de plástico a trece euros, nueve sin la tapa. Todos aprendieron a decir con el más oriental de los acentos palabras como “hola”, “euros”, y “gracias”. Tienen la amargura dibujada en sus caras y es fácil notar que de cuerpo están en Madrid, pero el alma se la dejaron en China.

En los paseos peatonales del centro hay carpas para que el sol no queme tanto, y bajo de ellas, inmigrantes africanos acostumbrados al más salvaje de los soles venden todo tipo de mercancía sobre mantas en el suelo. Senegaleses, togoleses, nigerianos, hombres que cruzaron el Mediterráneo y en el camino botaron sus documentos al mar para evitar ser deportados a su país de origen. A España llegaron en busca de una mejor vida, y a fe que la encontraron, porque ser vendedor ambulante, vivir por decenas en pequeños apartamentos y tener los euros suficientes para comer al menos una vez al día es un lujo que antes no se podían dar.

Al lado de ellos, cerca de la entrada principal de El Corte Inglés, un español de tan buena pinta que si se vistiera de saco y corbata pasaría por presidente de Telefónica, ofrece el premio mayor de veinte millones de euros mientras mira sin pudor el culo de las turistas que pasean en shorts; luego escupe en el suelo. Decencia y guarrada, mezcla justa que no puede faltarle nunca a un vendedor de lotería ni a un alto ejecutivo.

A esa misma hora en el Parque del Retiro, jíbaros marroquíes venden por diez euros bolsas de hachís y marihuana de tan mala calidad que ni siquiera traban. El lugar, frecuentado por turistas, madrideños de a pie y señoritas de la alta sociedad que pasean a sus hijos en coche, es patrullado constantemente por la policía, que no permite ni tomar cerveza allí. Aun así, el negocio de la droga prospera.

A un par de kilómetros del parque, en la Plaza Mayor, una peruana que fue reina de belleza de su pueblo hace ya unos años se gana la vida de mesera en un restaurante de paella, y en lo que va de la cocina a las mesas se alcanza a ver algo del garbo con el que solía desfilar, solo que esta vez lleva platos en vez de corona.

La plaza es dominada desde el centro por una estatua ecuestre de Felipe III que hace unos años olía muy mal (aunque no tan mal como debió oler en vida el Rey por culpa de estos calores de agosto). Los turistas que se acercaban a tomarle fotos se lo hicieron notar a las autoridades, que fueron a investigar: descubrieron que la boca del caballo era tan grande que las palomas se metían por ahí, pero después no daban cómo salir, así que morían y se pudrían adentro. Le hicieron un leve retoque cosmético y problema solucionado. Suertudo el caballo que pese a lo caro que sale ir al odontólogo en este país recibió quizá hasta tratamiento de conductos gratis.

Agosto es tiempo de las vacaciones de verano en Madrid, y todos los que viven aquí se han ido. En las salas de cine semivacías de la Gran Vía exhiben películas de Hollywood dobladas al español de España que tanto nos incomoda a los latinos: la película de Los Magníficos se llama El equipo A (por aquello de The A-team), mientras que Angelina Jolie dice “Me cago en la hostia” en Salt, su última película, como si hubiera nacido en Majadahonda.

Y justo en la acera de enfrente, un almacén común y silvestre que vende a los turistas camisetas alusivas a España a quince euros, platos de adorno a doce, gafas a diez y abanicos a uno, exhibe una armadura medieval de tres mil euros con su respectiva capa, que se puede adquirir también por otros sesenta y cinco euros.

La habría comprado si no me hubiesen robado en Alemania; paseo a Madrid no es paseo si no se lleva de recuerdo a Colombia una armadura de siete millones de pesos. Es un dineral, de acuerdo, pero yo creo que hay que hacer lo necesario para aliviar la crisis económica de la Madre Patria.

Lo que hay que ver en Madrid

España tiene al equipo campeón del mundo y al 20% de su población económicamente activa desempleada.

Es quizá una tara mía creer que quien se va de Colombia para llegar a Madrid en realidad no ha salido del país, y que irse de un lugar de habla hispana a otro es lo mismo que quedarse en casa. En esta ciudad todos los días son de largas filas en el consulado colombiano, y mientras se espera de pie se puede comprar pan de bono y arepa para calmar el hambre. A eso me refiero.

Poder y pobreza mezclados, acá se pasa del Palacio Real, el más grande de Europa Occidental y sede de las ceremonias de la monarquía, a ver a pocas cuadras a personas que llegaron como turistas un día y se quedaron como pordioseros, porque Madrid vive de fiesta las veinticuatro horas y siempre hay uno que otro que no se sabe controlar. Cerca de Chueca, fortín gay, un hombre pide limosna y en el vaso de plástico donde recibe las monedas hay siempre un cuarto de dólar canadiense, para atraer el dinero.

España nos abre la puerta a todos, pero uno no deja de sentirse como el hijo bastardo que no es del todo bien recibido cuando llega a casa de su padre (o de su madre, patria en este caso). Medio millón de colombianos, otros tantos ecuatorianos, peruanos, bolivianos, no todos son iguales acá; a Europa se trajeron su familia, sus ahorros y también las divisiones sociales. Un bogotano que llegó con la visa de trabajo debajo del brazo no necesariamente trata con especial cariño a la indocumentada llegada de Armenia por el solo hecho de ser compatriotas.

En este desierto urbanizado el aire es caliente y estático durante el verano, y el calor sale de todas partes, incluso (o especialmente) del suelo. Media China se vino a vivir acá y vive de ofrecer masajes callejeros, trabajar en restaurantes y tener tiendas donde venden gaseosas a noventa centavos y grandes cajas de plástico a trece euros, nueve sin la tapa. Todos aprendieron a decir con el más oriental de los acentos palabras como “hola”, “euros”, y “gracias”. Tienen la amargura dibujada en sus caras y es fácil notar que de cuerpo están en Madrid, pero el alma se la dejaron en China.

En los paseos peatonales del centro hay carpas para que el sol no queme tanto, y bajo de ellas, inmigrantes africanos acostumbrados al más salvaje de los soles venden todo tipo de mercancía sobre mantas en el suelo. Senegaleses, togoleses, nigerianos, hombres que cruzaron el Mediterráneo y en el camino botaron sus documentos al mar para evitar ser deportados a su país de origen. A España llegaron en busca de una mejor vida, y a fe que la encontraron, porque ser vendedor ambulante, vivir por decenas en pequeños apartamentos y tener los euros suficientes para comer al menos una vez al día es un lujo que antes no se podían dar.

Al lado de ellos, cerca de la entrada principal de El Corte Inglés, un español de tan buena pinta que si se vistiera de saco y corbata pasaría por presidente de Telefónica, ofrece el premio mayor de veinte millones de euros mientras mira sin pudor el culo de las turistas que pasean en shorts; luego escupe en el suelo. Decencia y guarrada, mezcla justa que no puede faltarle nunca a un vendedor de lotería ni a un alto ejecutivo.

A esa misma hora en el Parque del Retiro, jíbaros marroquíes venden por diez euros bolsas de hachís y marihuana de tan mala calidad que ni siquiera traban. El lugar, frecuentado por turistas, madrideños de a pie y señoritas de la alta sociedad que pasean a sus hijos en coche, es patrullado constantemente por la policía, que no permite ni tomar cerveza allí. Aun así, el negocio de la droga prospera.

A un par de kilómetros del parque, en la Plaza Mayor, una peruana que fue reina de belleza de su pueblo hace ya unos años se gana la vida de mesera en un restaurante de paella, y en lo que va de la cocina a las mesas se alcanza a ver algo del garbo con el que solía desfilar, solo que esta vez lleva platos en vez de corona.

La plaza es dominada desde el centro por una estatua ecuestre de Felipe III que hace unos años olía muy mal (aunque no tan mal como debió oler en vida el Rey por culpa de estos calores de agosto). Los turistas que se acercaban a tomarle fotos se lo hicieron notar a las autoridades, que fueron a investigar: descubrieron que la boca del caballo era tan grande que las palomas se metían por ahí, pero después no daban cómo salir, así que morían y se pudrían adentro. Le hicieron un leve retoque cosmético y problema solucionado. Suertudo el caballo que pese a lo caro que sale ir al odontólogo en este país recibió quizá hasta tratamiento de conductos gratis.

Agosto es tiempo de las vacaciones de verano en Madrid, y todos los que viven aquí se han ido. En las salas de cine semivacías de la Gran Vía exhiben películas de Hollywood dobladas al español de España que tanto nos incomoda a los latinos: la película de Los Magníficos se llama El equipo A (por aquello de The A-team), mientras que Angelina Jolie dice “Me cago en la hostia” en Salt, su última película, como si hubiera nacido en Majadahonda.

Y justo en la acera de enfrente, un almacén común y silvestre que vende a los turistas camisetas alusivas a España a quince euros, platos de adorno a doce, gafas a diez y abanicos a uno, exhibe una armadura medieval de tres mil euros con su respectiva capa, que se puede adquirir también por otros sesenta y cinco euros.

La habría comprado si no me hubiesen robado en Alemania; paseo a Madrid no es paseo si no se lleva de recuerdo a Colombia una armadura de siete millones de pesos. Es un dineral, de acuerdo, pero yo creo que hay que hacer lo necesario para aliviar la crisis económica de la Madre Patria.