lunes, 28 de febrero de 2011

Desilusionar es lo que vende

El problema del mundo no es que no funcione, sino que lo ilusionan a uno con que sí. Apenas se le da una segunda mirada a las cosas que están hechas para que marchen se descubre no solo que no andan, sino que muchas van en reversa. El sistema está diseñado para que a toda solución se le anteponga un obstáculo, el asunto es que nadie es capaz de decírnoslo.

Por eso, cuando se supone que las empresas tienen un departamento del servicio al cliente pero con lo que se encuentra uno es con una fila que dobla la esquina, dan ganas de sentarse a llorar, o de disparar un arma, de acuerdo al temperamento de cada quien. Si le dijeran de entrada que a la estufa que compró se le van a dañar tres de los cuatro fogones antes del mes, y que la empresa que se la vendió va a hacer todo lo posible para no cambiarla, uno seguiría cocinando en leña para ahorrarse problemas.

Es como cuando se va a un Foto Japón a sacar un juego de cinco fotos de 3x4 en fondo azul y al llegar a la embajada se descubre que eran de 4x6 en fondo blanco. Eso, si el hecho de que Foto Japón saque cada día peores fotos para documento no logra traumatizarlo de por vida.

También está el sistema de DVD. Encuentras por internet la película que habías buscado por años y la esperas ansioso por dos semanas para descubrir que tu reproductor no lee discos Zona 2. La globalización es una de esas cosas que no se han acabado de inventar.

A mí lo que me rompe el corazón es que las cosas que fueron hechas para estar en movimiento deban quedarse estáticas porque la vida es así.

El celular anuló al teléfono fijo, pero en Bogotá es normal que alguien le diga a uno que le devuelve la llamada en cuanto llegue a la casa porque en la calle se lo pueden robar. Con los computadores portátiles ocurre lo mismo. Y qué decir de los carros. ¿Para qué concesionarios de Ferrari? No es que sea indecente que en un país muerto de hambre como Colombia rueden carros de trescientos millones de pesos, sino que no ruedan. ¿Cómo explicarle a Enzo Ferrari que dedicó su vida a perfeccionar un producto que muere de aburrimiento cada vez que se enfrenta a un trancón bogotano?

El sistema no funciona: la mujer de tu vida nació en Rusia y jamás vas a conocerla. Mejor no averiguarlo nunca y morir convencido de que Dios te la puso justo a cinco cuadras de tu casa.

viernes, 25 de febrero de 2011

¿Tarjeta Carulla?

Las idas al supermercado son un chiste. Te da pena ser soltero y pasearte por las góndolas cargando una humilde canasta con un desodorante, una gaseosa familiar y un paquete de salchichas. Has desistido ya de los condones y ahora en tu billetera cargas dos curitas.

Tratas de esconder tu compra, en especial de las parejas jóvenes, felices porque empiezan a hacer mercado grande, casi de familia, con vinagre balsámico, aceite de oliva, pan extrafino aliñado, cerveza premium y jamón serrano.


Luego te cruzas a una mujer y miras su canasta para hallar productos que los unan. También hace compras para uno, pero ser mujer soltera es sin duda más sexy que ser hombre y no tener pareja, aunque las dos cosas puedan llegar a ser igual de desesperantes.

Ella tiene comida enlatada y pescado congelado; unas especias. Manzanas y uvas; verduras varias para mantener la línea. En lo que tú calculas qué plato se podría preparar entre tus compras y las de ella, has sumado a tu canasta un paquete de seis chocolatinas Jet y dos limones (para las salchichas). La verdad es que no te ayudas.

Han cambiado tus lugares de conquista. Estudiar en un colegio de hombres hizo que esperaras por años entrar a la universidad, pero en diez semestres de carrera todas las mujeres te pasaron por encima. Luego fueron los bares, las bibliotecas, las tiendas de Blockbuster que quebraron, los restaurantes, las fincas de tierra caliente a donde iban solteras que nunca llenaron tus requisitos.

Ahora vas al supermercado, pero pronto serán los consultorios en donde tarde o temprano tendrás que chequearte una dolencia menor. Allí seguramente te fijarás en una mujer de buena salud, aunque preocupada por la presencia de un cuerpo extraño en una de sus tetas. Aun son jóvenes para ser viejos, pero les sobran años para considerarse jóvenes. El desespero es también una excusa para enamorarse.

De vuelta al supermercado llegas a la caja. La gente te observa, se pregunta qué puede hacer un hombre de tu edad con salchichas, chocolatinas, gaseosa, limones y un desodorante. Seguro te visualizan en la soledad de tu sofá de tres puestos consumiendo cada uno de los productos y sientes por primera vez que ser soltero no es una comodidad sino una carencia.

Hacer mercado ha perdido su gracia. El hecho de pasearse por entre las góndolas con la misma vocación depresiva de Nick Drake, pero sin su talento, no sirve de nada.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Besos como dulces

Llego a casa a comer brownies como si fueran tu boca.

Esta mañana me vestí para ti, quería verte y que me vieras. No escogí lo mejor que tengo, no lo saqué del closet pensando en que te fuera a gustar (nunca he visto a ninguno de tus amigos con pantalón caqui). Elegí la ropa porque me hacía sentir seguro. Todo calculado, hasta las medias a rayas horizontales que combinaban con pantalón y camisa. Contigo hago todo lo posible para lucir cómodo, convencido de mí mismo, como si el mundo me valiera verga. Lo que sea con tal de que no notes que por dentro me derrumbo.

Soñaba con verte porque después de hacerlo quedo con tu olor en mis manos por el resto del día. Ahora, en cambio, es tarde en la noche, estoy solo, veo un partido de fútbol y huelo a chocolate. Los médicos dicen que la televisión atonta y que en el cuerpo el amor y el chocolate tienen el mismo efecto, pero yo no lo creo. Creo en cambio que te quiero con una devoción que nunca había visto en mí. Te quiero más que al fútbol.

No sé en qué momento las cosas se complicaron. Estuvimos cerca toda la mañana, pero nos vimos segundos apenas. Veintisiete según mi reloj. Si acaso nos tocamos. Es un hecho que no notaste mi ridículo pantalón, ni la camisa pretenciosa. Ya no vale la pena mencionarte las medias a rayas, tan iguales al resto que parecía que a todas las prendas las hubiera parido la misma máquina de hacer ropa.

Yo maldije a la vida, arrastré los pies en protesta silenciosa (los zapatos combinaban también) y recordé la frase que dice que en los trenes, como en el amor, hay que llegar a tiempo para que todo funcione.

Vagué entonces el resto del día como si cargara un muerto que no era mío y volví tarde a casa a tragarme un brownie como si fuera tu boca. Evidentemente no eran tus besos, solo era chocolate, pero algo de razón deben tener los doctores cuando afirman que una cosa se parece a la otra, que para eso estudian toda la vida.


Yo, para serte sincero, no les hallé el parecido.

martes, 22 de febrero de 2011

Hacer una vida

El problema de hacer una vida es que quedas atrapado en ella sin darte cuenta. Haces tu vida acá y automáticamente no puedes hacerla allá. Entonces al estar construyendo tu destino estás también edificando tu cárcel.

Yo a veces quisiera ir al aeropuerto y coger el primer avión que aparezca en la pantalla de salidas, pero luego la 26 es un desastre y de golpe no tengo la visa requerida. Además, y para ser honesto, me daría un poco de tristeza llegar a un destino donde nadie me espera. Allá sería un don nadie; acá, en cambio, soy un don nadie al que tres o cuatro estiman.

Porque es muy difícil hacer una vida allá sabiendo de antemano lo complicado que fue forjarla acá. Te paralizas al recordar lo que costó hacerte a un lugar en el colegio para que tus compañeros
te invitaran a los cumpleaños en vez de molerte a golpes. La entrevista de la universidad, las peleas de tus padres, tu primer trabajo, la falta de plata o el exceso de ella, la sacada de la cédula, el examen para el servicio militar, el miedo escénico de sacar a bailar a alguien en una fiesta de quince vestido con un traje prestado dos tallas más grande. Piensas en todo y te invade el pánico.

Si a eso le agregas tener que empezar de cero a cinco horas en avión de donde creciste y no puedes ni levantarte de la cama. ¿Cómo sacar el permiso de trabajo? ¿Cómo llegar a un lugar con nada más que tu hoja de vida a aplicar para un empleo? ¿A quién pedirle que te sirva de codeudor para alquilar una casa? ¿Cómo no terminar en la calle en vez de en un apartamento de dos cuartos cuando tienes todas las de perder?

Es cierto que no ser nadie tiene sus comodidades, pero ser alguien no está del todo mal. Por mucho que odies tu vida hay alguien que la envidia y daría algo por tenerla. Tú no la soportas por las pequeñas puñaladas que a veces te da; en apariencia estás bien, pero en realidad estás agujereado y nadie parece notarlo.

Es más fácil escapar que cambiar, por eso sueñas con agarrar el primer avión para cambiar de calles en lugar de abandonar tus taras de crianza. Luego descubres que el vuelo está sobrevendido y la decepción no te la quita ni el beso de la mujer que amas.

Al final de todo el drama no es que seas desdichado en el lugar donde vives, que todo el mundo sufre en silencio desde su casa, sino que sepas que serías más feliz en esa ciudad que no conoces.

domingo, 20 de febrero de 2011

Mi hija me toca

Es un juego que me enseñaron esta mañana. Se trata de entrar a Google y empezar a escribir cosas en la barra del buscador a ver qué sale.

De primerazo, lo aterrador es descubrir que Google tiene cerebro propio y es capaz de recordar los pedidos de sus ochocientos millones de usuarios en todo el mundo. ¿Cómo se sabe que son ochocientos? Buscando en Google. Aquí ya no hay escapatoria y lo que antes era una simple página de internet
algún día nos va a hacer caer en cuenta de que estamos saliendo de la casa con medias de diferente color.

En este juego se empieza escribiendo pendejadas, como el propio nombre. Halla uno entonces que Google le bota de primerazo a Adolfo Domínguez, un diseñador español, antes que a Adolfo Hitler, lo que sin mucho análisis quiere decir que a la gente la seduce más los modistos que los dictadores. Y no es tan descabellado si se analiza lo rápido que vuela la ropa con descuento de Zara.

Pero luego uno se aburre y empieza a buscar cosas con morbo y pone frases como “Quisiera ser…” y aparece primero “un pez”, seguido de “millonario”, “alcohol” y “Alejandro Sanz”. Bien por Juan Luis Guerra y su canción, pero mal por el mundo. Habiendo tantos que prefieren ser un pez antes que hacer dinero se entiende que haya tanta gente pasando hambre. Ya ser una botella de aguardiente o Alejandro Sanz significa estar muy jodido en esta vida.

Pero la cosa toma una dimensión oscura, casi de asco, cuando se escribe “Mi hija me…” y aparece Mi hija me toca. Aunque no me gusta la Iglesia, sí creo que tiene razón cuando dice que la Familia está en crisis. Sin embargo, ni la más apocalíptica visión del Papa podría prever que el problema de todo es que las hijas tocan a sus padres, en especial mientras duermen.

Las opciones alternas que arroja Google no son menos desalentadoras: mi hija me odia, mi hija me gusta, mi hija me miente.

No son buenos tiempos para los padres, que nos extrañan y nos llaman desesperados para que almorcemos con ellos, no para que los toquemos (al menos no sexualmente), los odiemos o les mintamos.

Todo apunta a que tampoco es buena la situación de los hijos. Pasó hoy que en Codazzi un niño murió ahogado al caer en una lavadora por descuido de sus padres, mientras que en Bogotá un hombre llevó a la Plaza de Bolívar el cadáver de su hijo para hacer notar al mundo que había sido asesinado por oponerse a participar en un asunto de falsos positivos.

Es al enterarse de todo lo malo que pasa en el mundo, y en Google, cuando uno, que siempre soñó con tener una pequeña llamada Fiona que fuera hermosa, brillante, malvada y rompiera el corazón de todos los hombres, agradece no tener descendencia.

sábado, 19 de febrero de 2011

Esta mañana no hice café, lo odio. No troté los cinco kilómetros que nunca troto, no rebajé la barriga que me invade. No leí la prensa para no enterarme de cómo va el mundo, y al entrar a la ducha no me enjaboné los pies por pereza de agacharme y miedo a resbalarme.

Hoy no disfruté mi trabajo. No pedí aumento de sueldo ni presenté mi renuncia irrevocable. No aprendí a tocar piano, no empecé a escribir mi libro. No ahorré los diez mil pesos diarios que me he puesto de meta para tener una jubilación digna.

Esta tarde la carrera séptima no se movió mucho que digamos, Europa no devolvió a América lo que le robó, ningún político aceptó públicamente que es corrupto y Andrés López no maduró; Lady Gaga tampoco. Hoy el Medio Oriente no dejó de ser una olla a presión y el Papa no pasó hambre pese a que casi la mitad de sus fieles sí.


No fui a ver apartamentos para mudarme de donde vivo ahora. No le hablé a la mujer que me gusta, no empecé a ganarme la entrada al Cielo. No fui a cine solo, acompañado tampoco. No le bajé a la sal, no almorcé ensalada, ni dejé el chocolate. Si fumara, hoy no habría dejado el cigarrillo.

Hoy no cerré mi cuenta de Twitter, tampoco la de Bancolombia. No pedí mi desafiliación a Telmex. No di limosna, no doné mi ropa vieja a los pobres, no compré el regalo de matrimonio que le debo a un amigo. No renové el Soat, no fui a la agencia de viajes para averiguar por las vacaciones de mi vida. No reciclé ni salvé a las ballenas.

No tuve sexo con ácidos, que dicen que es una experiencia inolvidable donde todos los sentidos se despiertan. Tampoco tuve sexo sin ácidos.

Esta noche me acostaré sin haber hecho las paces con mi madre porque vivir consiste en no cumplir ninguna de las metas que uno se traza. Este no fue el primer día del resto de mi vida, el suyo tampoco.

jueves, 17 de febrero de 2011

Ser

Ser Laura Acuña y ver un par de tetas maravillosas cada vez que me desnude frente al espejo. Ser gobernador para tomarme a escondidas el licor importado que prohíbo entrar al país. Ser Borges para saber que pese a no haber ganado el Nobel soy mejor que todos los que lo obtuvieron. Ser japonés y creer que Colombia es mejor que mi país. Ser Seinfeld para entender de qué está hecha la vida. Ser un enano ecuatoriano, por muy desventajoso que suene, para portar el gen que impide enfermarme de cáncer y diabetes. Ser Messi para ser el mejor futbolista de la historia pero jugar como si no lo supiera. Ser europeo, aunque sea español, para no andar de embajada en embajada mendigando visas. Ser el del 601 para vivir en un apartamento más grande. Ser Pedro Antonio Aguilar y poder organizar un paro camionero a mi antojo. Ser Nick Drake para suicidarme sin remordimiento. Ser Doña Gloria para volverme famoso por temerle a las alturas y decir vulgaridades. Ser Paris Hilton para comportarme estúpido y divertido al mismo tiempo. Ser Chupeta para hacerme todas las cirugías plásticas que se me ocurran, aunque con mejor gusto. Ser dictador en Túnez para salir de afán con sesenta millones de dólares como pensión. Ser niño para volver a sentir que un año es toda una vida. Ser Adolfo Zableh con el único fin de darte todos los besos que se me antojen sin que opongas resistencia.

lunes, 14 de febrero de 2011

Casi ahorcados

La fantasía más recurrente del hombre cobarde es la de estallar ante la menor falla del sistema. Hay que ver la tensa calma que se respira en el centro de atención al cliente de una empresa de telefonía celular, o el aire pesado que invade una fila de banco cualquiera.

Bastaría con que uno solo alzara la voz para que el resto se lanzara en bandada detrás de él, le arrancara la ropa a la cajera, la violara y tomara el dinero a la fuerza para luego salir de allí. La furia iría en aumento, paralela a la cadena de mando, y los desmanes incluirían secuestrar al celador para amenazarlo con su revólver de dotación, entrarle a golpes al gerente y ponerlo a andar desnudo mientras pide disculpas y llegaría hasta el presidente de la compañía, que a la hora de los disturbios estaría jugando golf.

Pero somos cobardes, lo que quiere decir que, ya no el dueño del banco sino la vida misma, puede pasar por encima de nosotros las veces que se le dé la gana sin que hagamos algo al respecto.

A veces la vida abusa tanto que cuando quiere noquear a un hombre golpeado, este se convierte en una horda salvaje capaz de acabar con todo ante la menor provocación. El año pasado, una medida que parecía del montón provocó un intento de golpe en Ecuador. La Policía quiso derrocar a Rafael Correa cuando supo que planeaba recortar sus beneficios salariales. ¿A cuántos les han rebajado el sueldo y no han hecho otra cosa que volver derrotados a casa?

En Ecuador, aprovechando que los agentes se habían declarado en huelga, el ciudadano común que no tenía nada que ver en el asunto vio una oportunidad para vengarse de la vida. Así, por las calles de Quito se vieron civiles cargando neveras importadas que no habrían podido adquirir ni empeñando a sus hijos. Lo curioso es que si usted ha ido a Ecuador debe saber lo sumisos y amables que parecen sus habitantes. Temerosos sería otra forma de decirlo.

Las imágenes de los saqueos me hizo recordar la muerte de mi tío Jaime, que iba manejando de Barranquilla a Santa Marta cuando por esquivar un perro se desvió de la carretera y cayó sobre el techo de una casa, matando a sus habitantes. Inmediatamente los vecinos salieron con palos a lincharlo, lo que al final consiguieron. Se trataba de gente que se dedica a pescar, vender gaseosas y dar indicaciones al que está perdido. Gente amable que explotó como si la vida le hubiera hecho algo malo y tuviera que desquitarse al primer respiro que les diera.

Por estallar cuando ya no queda aguante es que protestan los mototaxistas en Barranquilla y que los egipcios tumban a Mubarak. Habría que averiguar qué le paso a la gente para que de un momento a otro empezara a hacer reggaetón. Lo ignoro, pero debió ser algo terrible.

Hay que ver la furia que experimenta uno cuando el internet se pone lento, y la rudeza con la que es capaz de tratar a un representante de servicio al cliente. Si eso pasa cuando es un solo usuario el que se ve afectado, el derrocamiento de Mubarak por dejar a todo un país sin redes sociales era cosa cantada.

Si el egipcio se hubiera preocupado por preguntarle a Carlos Slim los riesgos que implicaba su medida, hoy seguiría gobernando. A la gente de hoy la puedes dejar sin comida, pero no sin Youtube.

domingo, 13 de febrero de 2011

Adiós

Tomo largas duchas. Pasar mucho tiempo en el baño levanta sospechas porque la gente cree que te masturbas más de lo normal. No es así, no siempre.

Uso el baño para pensar, nada que usted no haya hecho antes también. Mis centros de pensamiento han ido cambiando. Antes era el salón de clase. A lo que mis profesores llamaban distraerse y lo castigaban con malas calificaciones, yo lo llamaba pensar. Al final de la clase no tenía idea de lo que habían hablado, pero salía de allí hecho una mejor persona.

Después fue el bus; luego, largas caminatas. Ahora es el baño. El inodoro o la ducha, da lo mismo. Casi siempre es la ducha, por si quiere saber.

Mientras me bañaba el viernes por la mañana tomé la decisión de cerrar este blog, y un par de horas después escribí una carta a la gente de SoHo para comunicar mi decisión. Fue raro, me enjabonaba una axila y miraba por la ventana como lo he hecho miles de veces y la idea vino de súbito a mi cabeza, en una sola pieza, como dice García Márquez que se le ocurrió el primer párrafo de Cien años de soledad. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento… Lo suyo fue una genialidad, lo mío no sé si haya sido una estupidez. Ya está hecho.

Me voy de SoHo, no así de la Internet. Seguiré escribiendo acá, en lacopadelburro.blogspot.com. El blog lo abrí en diciembre, tal vez sabiendo que este día llegaría. Lo puse en Blogspot y no en un medio de comunicación porque soy un cualquiera que para decir lo que se le antoja abre un blog gratis y listo. Cuando uno se cree el cuento de que es periodista, que la gente lo lee y que por ende hay que decir cosas trascendentales en medios de difusión masiva es cuando todo empieza a ir cuesta abajo.

Pero me he alargado en lo que es una simple despedida. Uno debe irse igual a como llegó, sin llamar la atención. El escándalo habría que hacerlo en la mitad de las dos cosas. Adiós.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Feliz día del periodista

Una amiga está enferma. Tiene los síntomas de la gripa, pero no es gripa. Tiene la cara hinchada, pero solo le duele la mitad izquierda de ella. Le duelen las encías, el paladar. Debería irse a casa, pero se encuentra en el trabajo; en parte porque le aburre perder el tiempo, en parte porque sabe que detrás de ella hay una fila de desempleados listos para hacer su trabajo por la mitad de su sueldo. Mi amiga es periodista.

Sin saber bien por qué, algunos jóvenes se han acercado a pedirme consejos porque quieren estudiar periodismo. Yo trato de disuadirlos. Les muestro mi casa, mi closet, mi nevera, mi cuenta de ahorros. Les señalo el poco glamour que tiene este oficio. Les hablo del gringo que presenta RCN News in english, o de los periodistas deportivos, expertos en frases prefabricadas, que ya echaron a rodar las expresiones “El conjunto ajedrezado” y “El equipo asegurador” para hablar del Boyacá Chicó y de La Equidad.

En ocasiones la profesión se parece al ejército, les digo, con un rígido orden jerárquico donde el periodista raso maltrata al practicante porque el editor de sección se la tiene montada. Algunos sueñan entonces con llegar a jefe de redacción, o editor general, para devolver la mierda que les pusieron a comer a ellos cuando empezaron en esto. Por último les recuerdo que el mundo no va a cambiar a punta de artículos, que lo único que puede cambiarlo es la Bomba, con mayúscula.

A mis colegas comunicadores, en cambio, les recomiendo que estudien en el exterior y que de paso busquen trabajo por allá, que seguro es mejor pago. O que se metan de jefe prensa de algún político, o a manejar las comunicaciones internas de una multinacional, lindos y aburridos enfoques que tiene la profesión.

No se los digo porque esté interesado en su bienestar, sino por competencia desleal. Entre menos gente se dedique al periodismo, entre más personas se vayan del país, más chance tendré yo de vivir de escribir artículos, que es lo que me gusta.

Por eso odio al reportero ciudadano; me cago en el reportero ciudadano, con todo respeto. Está el asunto social, la idea primaria de que cada persona sea un vigilante y trabaje por una sociedad mejor, que no está mal, pero entre más ingenieros y odontólogos se dediquen a reportar hechos, menos trabajo habrá para nosotros.

Las salas de redacción son hoy galpones de pollos con jóvenes redactores que producen, producen y producen. Producir dinero está bien, los medios no son instituciones de beneficencia, pero a veces es bueno meterle amor al negocio. Algún día, al igual que los galpones, las redacciones tendrán luces radioactivas para aumentar la productividad.

Quien se dedica al periodismo tarde o temprano descubre que cuando se cumple el sueño de llegar a un gran medio de comunicación no se puede hablar de tal o cual cosa con total libertad, y es ahí cuando se empiezan a decir bobadas, a hacer artículos frívolos, tontos.

Ser periodista puede ser una buena forma de vivir sin decir nada relevante, pero si lo que se quiere es decir bobadas de verdad, mejor estudiar publicidad.

domingo, 6 de febrero de 2011

Hay que saber con quién meterse

Me llamó Jean Claude Bessudo. Sonó el celular y en vez de un número salía la palabra Oculto. No es un chiste, ni lo digo para dármelas de importante. Me gustó que lo hiciera. Con mucha decencia me preguntó por qué había usado términos agresivos para referirme a él en el artículo Ellos tienen el mar (utilicé las palabras empalar, avaro y especulador).

Tras una breve charla me excusé, le dije que tenía razón, y aproveché para decir que como usuario tenía reparos con los precios que maneja Aviatur, su agencia de viajes. Luego, suprimí esa parte del artículo. Haberlo escrito habla mal de mí como periodista, pero haber borrado el fragmento por completo en lugar de editarlo, suavizarlo, pero dejar en claro lo que pienso, habla mal de mí como persona. Soy un cobarde.

La enseñanza que deja mi cobardía es que hay que saber con quién meterse. Maltratas a un toro y la gente paga por verte, te lanza flores, sales en la prensa (en sociales, vida de hoy), los hombres te celebran, los niños te imitan y las mujeres quieren acostarse contigo aunque estén casadas. Torturas a una perra, en cambio, y sales en la prensa (pero en judiciales), te quedas sin empleo y eres el más odiado del país.

Los policías no supieron con quién meterse, y en vez de ensañarse contra un toro de cuatrocientos kilos lo hicieron contra una pobre perra de no más de veinte. Se reían y celebraban, igual a como celebra la turba borracha la agonía de un toro picado y jadeante. Lo primero te convierte en un paria, lo segundo, en un ser sociable de gustos exquisitos.

La ley de este país castiga el maltrato animal, pero la ley no es divina sino humana (de la peor calaña, hay que decirlo) y sabe con quién se mete, No toca a la tauromaquia, porque quienes aplauden la muerte de un toro son los mismos que manejan el país. Son también los que festejan su riqueza a costa de explotar a otras personas, aunque con menos alharaca (no así con menos licor del que toman una tarde de domingo en la Santamaría).

Lo bonito de la tauromaquia son las fotos, hay que decirlo. También son bonitas las fotos de guerra, pero ya sabemos qué pasa en la guerra. Nadie merece morir en nombre de la belleza.

Hay que saber con quién meterse, insisto, y en el artículo debí caerle a Samuel Moreno, un lugar común al que todo el mundo ataca. Tanto, que el pobre no sabe por dónde empezar a defenderse. De él pude haber dicho lo que fuera sin que nadie llamara a reclamarme.

Para tratar de lavar su imagen, el alcalde ha anunciado la incorporación de mil trescientos nuevos policías para Bogotá. La noticia suena bien si se lee de primerazo, aunque habría que entrar a analizar qué tipo de agentes nos están mandando. Si son de los que vigilan la seguridad de la plaza de toros cuando hay corrida sería irritante, pero vaya y venga; si son de los que violan mujeres y torturan perras, de ninguna manera.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Ellos tienen el mar

Tomas un avión en Bogotá y una hora más tarde llegas a Cartagena luego de haber pagado doscientos mil pesos más que a cualquier otro destino nacional. Los cartageneros todo lo pueden porque tienen el mar.

Ellos tiene el mar, por eso se les coló Salvo Basile, por eso no hay taxímetros y la carrera mínima cuesta cinco mil (seis mil para el turista). Por eso medio mango cuesta mil quinientos pesos y dos mil al día siguiente. Es por ser dueños del mar que un vendedor ambulante vende por igual chocolatinas Jet pequeñas y cocaína al menudeo. 

Ellos tienen el mar y saben sacarle rentabilidad, porque uno hace lo que sea por conocerlo. Por eso cobran cuarenta y cinco mil pesos por un pargo rojo famélico (guardo la factura) cuando lo único que tienen que hacer para conseguirlo es estirar la mano. Cuesta mas comerse un pescado en la playa de Cartagena que en el pico más alto de la Cordillera de Los Andes.

Ellos tienen el mar y los billetes más gastados de Colombia. Todo billete que da de vueltas en Cartagena es viejo, decolorado, pasado por agua del mar, del mar que poseen y que les da licencia para hacer lo que quieran. En ningún otra ciudad del país reciben los billetes con los que se vuelve de Cartagena.

Y un paseo en coche es visto como si fuera lo más romántico del mundo. Cómo va a ser posible, con esos caballos, que no es lo mal alimentados que estén, sino lo tristes que lucen. En Cartagena nadie se preocupa por la depresión de sus caballos. Y para qué, si tienen el mar.

Ellos tienen el mar, y prostitutas, y aguas negras, y metros cuadrados a doce millones. Todo conviviendo con alguna feria, un festival literario, un reinado, una convención de vendedores de alfombras.

Cartagena es una ciudad con la economía deformada donde nadie sabe cuánto cuesta nada en realidad. La realidad es una cosa incierta y nadie en el mundo se ha dado cuenta, solo los cartageneros; eso es lo único bello que tiene la ciudad. Allá se puede encontrar una cerveza a doce mil pesos, y dos cuadras después una papa rellena del tamaño de una pelota de softboll a setecientos.

Yo le tenía respeto a su alcaldesa hasta que dijo que Cartagena era la ciudad más bonita de América. Lo dijo al micrófono frente a no menos de cinco mil personas sin que le doliera el alma. ¿A qué municipio pertenece Bazurto entonces? 

Lo que demuestra Cartagena es que un pobre puede ser igual de ladrón a un rico si se le da la oportunidad. 

De niño acompañaba a mi abuela a Cartagena para que solucionara problemas con la pensión de mi abuelo. Al final del día me llevaba a la ciudad amurallada a comer helado. Eran otros tiempos, tiempos en los que todo era (más) caótico y sucio, con pequeños almacenes desordenados y sin aire acondicionado, tiempos en los que el cachaco más cercano estaba en el Hilton. Cartageneros de clase media y baja vivían dentro de las murallas en casas señoriales y destartaladas. De tarde sacaban sus mecedoras y sus vitrolas y se ponían a hablar con los vecinos. Vivir era sencillo, barato.

Pero llegaron los turistas, los hoteles y todo cambió. Los ciudadanos originales se fueron, muchos de ellos al Cerro de la Popa. Tengo entendido que fue Gloria Zea la primera persona en comprar una casa de esas y reformarla, es decir que además de haber traído al mundo a Fernando Botero Zea es también responsable de haber vuelto el centro amurallado en una tierra de nadie.

Usted que ha ido a Cartagena, ¿no se siente triste cuando camina por esas calles porque intuye que no son suyas, pero al mismo tiempo ignora a quién pertenecieron antes? ¿No siente que a la historia del turismo de la ciudad le falta algo por contar? Se nota en el ambiente que algo no está bien, que alguien se aprovechó de alguien. Son calles huérfanas.

En este Hay Festival que terminó confirmé lo que sospechaba desde años atrás: me deprimen los encuentros de escritores porque siempre quise ser uno (ahora sé que nunca lo seré), pero no quiero parecerme a ellos. No quiero volverme un señor de falsa modestia, repleto de ego y cara trascendental cuando lo único que hago es poner una c junto a una a, una s y otra a para escribir casa.

Es un festival entretenido, pero elitista, hecho en recintos para apenas cientos de personas. Quienes asisten son los mismos bogotanos de clase alta de siempre que se trasladan a Cartagena para justificar su deseo de irse de fiesta. ¿Cuántos iríamos al Hay si se hiciera en Ipiales?

No quiero ser escritor, tampoco quiero a los estudiantes de periodismo detrás mío, tratándome como si fuera yo un regalo de dios cuando no soy mas que un ser humano que al igual que ellos defeca tres veces al día y trata de ganarse la vida, que es más complicado que ganar dinero.

Peor aun, odiaría terminar como Pola Oloixarac, una escritora argentina que en charla pública le preguntó a la mexicana Guadalupe Nettel si escribía de pie o sentada. No es que la pregunta haya sido idiota, sino que Pola no vio que lo realmente revelador era si lo que la Nettel hacía sentada o parada era orinar.

Cartagena resiste todo, hasta conferencias tontas, porque tiene el mar. Por eso espero que ese mar que tan gentilmente la arropa se la trague pronto.