jueves, 17 de octubre de 2013

Sexo con las ricas

La semana pasada había quedado en que llevaba años buscando a mi madre en otras mujeres, y que de tanto buscarla me he metido de lleno en el estrato seis bogotano al que no pertenezco.

Las ricas son mal polvo, me da la impresión, aunque haya tenido poco contacto con ellas. No hablo de las que estudian en la Javeriana y viven en estrato seis, que en estrato seis vivo hasta yo. Me refiero a las millonarias de verdad, a las que desde los 14 se van de paseo a Cartagena porque sí y rumbean con los hijos del presidente de turno. A las que son “amiguis” de toda la vida, arman combo para pasear por Europa en verano y entre ellas se llaman Lauris, Natis, Juanis, Cayis y Anama.

Y no es que no sean promiscuas, al revés. He sabido de jóvenes que queman en la chimenea la citación al examen de citología vaginal para que en la casa no se enteren de que tienen sexo con frecuencia. Reprimidas es lo que son; una amiga, por ejemplo, me contó que en su excursión de colegio a Punta Cana una compañera volvió embarazada y no supo de quién porque se había acostado con siete hombres en diez días. Pero con todo y eso, a las niñas lindas, las que huelen a splash de fresa, comérselas es un lío. 

El otro día Andy Murray se convirtió en el primer británico en ganar el Abierto de Wimbledon en 77 años y las cámaras enfocaban a su novia emocionada en la tribuna. Daba la impresión de que por fin se lo iba a dar después de años de noviazgo, porque mujeres como ella, que no sudan por nada del mundo y hacen todo sin alma (hasta aplaudir al novio que en la cancha vence al número uno del mundo) se sienten princesas que si se acuestan con alguien es porque lo están premiando.

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