jueves, 30 de enero de 2014

Escribir bonito

Me están pidiendo que escriba bonito: mis amigos, mis empleadores, yo mismo. Dejar el odio y abrazar el amor parece ser uno de los mandatos para este año. Luego busco entre mis notas algo conciliado y no encuentro nada, solo bocetos de crítica y rencor. Luego miro lo que publicaba hace unos años y noto con tristeza que había cierta belleza, pero que lo que hay ahora es un hombre muerto por dentro.

Twitter, las mujeres y mi incapacidad de entregar el corazón me han vuelto así; un cínico, un cobarde. Siempre es lo mismo: empieza el día, me pongo a tuitear y cuando quiero mirar mi timeline descubro que he publicado cinco, diez, quince tuits seguidos llenos de violencia verbal, de sarcasmo, de burla. Divierten, tienen retuits, me hacen ganar seguidores, pero me van acabando. Secan el alma y me dejan más jodido de lo que estaba antes de redactarlos. No soy inteligente ni ingenioso, solo tengo miedo.

A veces alguien afirma que soy irreverente, pero no tiene idea de lo que dice. Irreverencia es entrar disparando a un McDonald’s, como hacen los gringos locos, o enfrentarse al Vaticano, como Lutero en su día; yo apenas soy un bobo que puede juntar cuatro palabras. ¿Cuán aburrida será la vida de esas personas que creen que uno es irreverente? Mi consejo para ellas es que dejen de decir que alguien es irreverente, parecen señoras indignadas de Cedritos.

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