lunes, 21 de abril de 2014

De la autofoto a la selfie

Ahora las autofotos se llaman ‘Selfies’, otra de esas cosas que cambian de nombre mientras que uno nace y se vuelve adulto. Hoy las personas no toman agua sino que se hidratan, a eso me refiero.

La gente está perdiendo la cabeza por culpa de las selfies. Fue la palabra del 2013 según el diccionario Oxford, que aclaró que su uso aumentó en un 17.000% el año pasado (ya quisiera cualquier banco manejar esa cifra). El término le ganó la batalla a ‘Twerk’ (el baile sexy de Miley Cyrus), lo que prueba que no solo estamos acabando con el mundo; el lenguaje articulado también se está yendo a la basura.

En tiempos donde tenemos casi todas nuestras necesidades básicas resueltas, tomarse una selfie parece haberse convertido en cuestión de vida o muerte. En la prensa salen manuales de cómo hacerse una, lo que parece una pérdida de tinta y espacio. Es que cada vez filosofamos más sobre cosas idiotas. Están los miles de programas de análisis de fútbol, por ejemplo, que diseccionan un partido hasta más no poder, pero también el actor que habla de su personaje en una telenovela como si de eso dependiera el orden de la galaxia.

Dicen que el mundo avanza, pero yo creo que vamos de para atrás. En Estados Unidos, un hombre llamado Dupree Johnson terminó en la cárcel, acusado de haber cometido casi 150 delitos. La policía no daba con él y el tipo seguía haciendo de las suyas. ¿Sabe cómo lo encontró? Por las selfies que había colgado en su cuenta de Instagram.

Yo he visto personas hacerse selfies en el hospital. Salen en la foto con máscara de oxígeno, cuello ortopédico, bolsa de suero, catéter y yeso en el brazo y se les hace lo máximo. Están en Facebook e Instagram y la gente les da like. Si se fija bien, las mujeres son fanáticas de hacerse este tipo de selfie.

Jodidos es que estamos. La selfie que se tomó Ellen DeGeneres en los Premios Oscar se convirtió en la imagen más tuiteada de la historia y no entiende uno por qué, si existen reporteros que se juegan la vida tomando fotos de guerra y retratistas de puta madre. Hay quien se va de vacaciones y se la pasa compartiendo sus fotos en redes sociales. En primer lugar, si a alguien no le alcanza con estar pasándola bien sino que tiene que reafirmarlo subiendo fotos a internet, algo anda mal. Segundo, parecen Quico, que cuando tenía un juguete nuevo se lo restregaba en la cara a El Chavo para que se antojara.

Hace poco leí que la obsesión por las selfies podía causar depresión y paranoia por no obtener el reconocimiento público que se esperaba, y luego encontré la historia de un joven que llegó a perder 10 kilos en un mes y trató de suicidarse por no poder obtener la selfie perfecta (se tomaba cerca de 80 al día).

Pero nadie alcanza el nivel de demencia de los que postearon sus selfies con el certificado de votación el pasado 9 de marzo. No solo es el límite de la ridiculez, sino que la gente que se toma una foto con el certificado de votación y luego la sube a internet no tiene la madurez para votar. A ver si aprenden a votar más bien, que por andar más preocupados por la foto que por el voto es que Bogotá lleva más de una década sin un alcalde decente.

Publicada en la edición de abril de la revista Enter. www.enter.co