jueves, 3 de abril de 2014

Talla L

El otro día me puse a buscar una buena pinta para una foto importante que me iban a tomar. Un retrato, mejor dicho, que no es cualquier cosa. Un retrato es una especie de homenaje hecho por un fotógrafo profesional que se dedica a eso y que trabaja con una cámara que vale lo mismo que un carro. Hay fotógrafos que se dedican a hacer imágenes de paisajes, otros solo toman fotos de producto para publicidad. Un retratista, en cambio, se pasa la vida captando caras y es capaz de coger a un hombre común y hacerlo ver como Jared Leto.

Me medí para la ocasión tres camisas blancas y ninguna me sirvió. Una estaba percudida, la otra me quedaba apretada y la última tenía las mangas cortas. Pensé que se habían encogido en alguna lavada, pero la verdad es que ya no me quedan. He engordado tanto que no me muevo dentro de ellas con la libertad de hace tres años. Igual pasó con los pantalones. Jeans que antes me quedaban perfectos ahora no me los puedo abotonar y cuando me siento me hacen ver la raya del culo, que es de lo desagradable que hay.

Es duro verse en el espejo por estos días. Esa mañana me miraba en él y decía “no puede ser que yo haya comprado esta camisa”. Pero qué iba a saber, si me veía y no me reconocía. Luego acepté que lo que no me gustaba no era la ropa que llevaba puesta, sino yo mismo. No me gusta en lo que me he convertido por fuera; en cambio, tampoco me deja muy conforme lo que hay por dentro, pero ese es otro tema.

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