miércoles, 25 de junio de 2014

El inquilinato

Dos tipos de periodistas vienen a cubrir el mundial, dos estratos: el seis y el Sisbén. Al primer grupo pertenecen los de televisión, principalmente. Vienen en combo, grupos numerosos de técnicos, camarógrafos, asistentes, presentadores, narradores y comentaristas. Sus empresas les dan los tiquetes aéreos, viáticos, carros, les alquilan buenos apartamentos o los hospedan en hoteles de cuatro estrellas para arriba. Las cadenas de televisión son las que más facturan por publicidad y además tienen los derechos de transmisión, por eso se dan el lujo de traer un ejército. Univisión, por ejemplo, llegó a Brasil con 300 personas.

Luego estamos los que escribimos, que venimos al mundial y vemos los partidos desde el estadio igual, pero no nos sobran los lujos. No es que nos estemos muriendo de hambre, pero lo que no hacemos por nosotros mismos no nos lo hace nadie. Al mundial asistimos por gomosos y porque el director del medio nos sigue la cuerda, pero salvo excepciones (El Tiempo), toca rebuscársela para aguantar el mes entero.

Nos hospedamos en apartamentos modestos, nos medimos en los gastos, no vamos a restaurantes de lujo y andamos con un morral a toda hora. Porque eso sí, viajero de combate que se respete anda siempre con un morral, una especie de kit portátil por si se presenta cualquier emergencia. Repito, no nos estamos muriendo de hambre, pero si nos podemos ahorrar un real por este lado y dos por el otro, regio.

En mi caso, por ejemplo, estamos diez en un apartamento para seis. Es como un inquilinato: tres cuartos, dos baños, aunque en realidad es uno, porque el segundo es de emergencia. Es estrecho, queda al lado de la cocina y tiene la ducha encima del inodoro. Pagamos por un mes de arriendo lo que costaría en Bogotá un apartamento estrato seis, y dormimos de a tres en cuartos hechos para dos. Al principio de nuestra estadía, había que cerrar la entrada de gas de la estufa para que saliera agua caliente en la ducha, pero al tercer día el calentador sacó la mano. Llamamos a la dueña para que lo arreglará, pero no volvió a contestar el teléfono, así que ya nos resignamos y nos estamos bañando con agua fría.

Lea la entrada completa aquí